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La independencia en México. Crónica del Aquí No Hubo Escena V

- Por: helagone

Por Emilio Revolver @emiliorevolver
Fotos por Óscar “Tremendo”Suárez @casitremendo
“La casa estaba llena de esculturas, muebles y todo tipo de cosas. La dinámica de la fiesta era que a las 12 de la noche todo mundo podía llevarse lo que quisiera, tocaron también los Stormy Monday, los Cottons. Llegó un chingo de banda, de pronto no se podía pasar ni salir, caían gotas de sudor del techo, y así dieron las 12 de la noche. La gente enloqueció. Se llevaron esculturas, un wey quería remover un candelabro del techo, arrancaron el tapiz, vandalizaron, grafitearon, estuvo ñero”, platican dos integrantes de Belafonte Sensacional sobre los milagros y misterios de los eventos DiY, caguamón en mano, el escenario a un costado, en plena zona ardiente, donde el calor se humecta con las miradas en stand-by de los asistentes y se vuelve espeso, una plasta que pasa por las fosas nasales. Son las 10 de la noche, el evento ha empezado hace ya 5 horas, el humo de tabaco golpea sin escapar por cubos de luz sellados en los techos, pero el verdadero calor y la verdadera sed, vienen de más lejos.
“Hubiera estado chido que cobráramos aunque sea $10 porque hubiéramos sacado una lanota, pero bueno, se cumplió el cometido”. Su interlocutor se queda pensando en el posible cometido de una fiesta de tal conclusión, mientras nota que los bulbos del Marshall ya están otra vez calientes. Empiezan a tocar. Belafonte, que hace rato se tambaleaba al subir las angostas escaleras del Salón Bolívar sostenido por la chica de la Jornada, ahora recorre limpia y puntualmente el brazo de su guitarra acústica con la concentración del delirio, y él junto con otras 10 personas que nadie sabe cómo han encontrado lugar en el escenario, entre músicos, amigos y fans, van coreando, aplaudiendo y brincando cada canción. La noche de pronto se convierte en un paseo en carro con tus amigos, inicia con un folk que pasa por carreteras y levanta autostopistas, y termina con un punk con trompeta nada convencional, que sin duda no te lleva a los primeros mundos del sonido, Manchester, Williamsbourg, SoHo, sino a un sábado de gloria del tercer mundo,Valedory su sabor a dos pelvis que se juntan nos dice, sí, estás aquí, en una esquina de la colonia obrera y todo es perfecto. El guitarrista destroza su guitarra y nadie sabe cómo le hará para conseguirse otra.

“Mi familia hace magia”, explica la chica de las hamburguesas vegetarianas, que cree que con eso resuelve todo el lío. “Nos invitaron una vez a una casa de cultura en Neza, me caí casi sobre el público, pero me paré y seguí la obra desde debajo de la tarima, aunque no veía nada”, en este tono platica con los del mezcal de 45 grados en una sola destilación, quienes respiran pesadamente porque las ventas tampoco aquí están al nivel esperado. La chica vira la conversación y les exime a que tengan ánimo, que está por tocar Joe Volume y que es imposible que el alcohol no sea negocio. “Lo que sí, es que siempre hay que improvisar”, dice con la naturalidad de su ascendencia mágica. Joe Volume, por su parte, a unos metros de ahí, está visiblemente nervioso; the fear, el monstruo que destruye conciertos y derruye escenas, se ha prendido de él; en tres años no se había parado en el DF a hacer un concierto, y ahora justo ese día se lo encuentra, cuando más gente hay, cuando los del mezcal comienzan a tener venta, cuando hace falta la voz de un líder que haya pasado por el gabacho y enseñe el camino. La guitarra, no obstante, está inexplicablemente mal, parece más que nunca un ser vivo, alterada, desafinada, embrujada; los dedos giran los potenciómetros, pero inútilmente. No se puede retrasar más la espera. Tocan, el sonido sale perfectamente salvo el de Joe, opaco y lejano como si no hubiera desempacado de L.A.; regaña al bajista, hace repetir cuatro veces la entrada de su nuevo sencillo al estilo de la película Whiplash, grita y masculla cosas en un spanglish que afortunadamente no vuelan hasta los oídos de los más sobrios del salón. Joe está metido en un hoyo pero la gente de las primeras filas hace slam con sus círculos de garage y blues. El slam es el único ritual capaz de exorcizar the fear, y con él, más por el público que por la guitarra, gana poco a poco terreno, y entonces se le ocurre terminar con una versión de Radrunner¸ magia negra que interpreta junto a los Belafonte, que otra vez están arriba ayudando a que todo se enderece. “Lo más difícil es improvisar, es imposible que no te falle nada o nadie”, vuelve a resonar la voz de la chica de las hamburguesas.
Pero esa no fue la primera aparición del slam en ese sábado. “En este mismo Salón Bolívar tocó Comback Kid, fue un temazcal del hardcore, esa vez un cabrón se subió 2 metros arriba del escenario, brincó y estrelló su rodilla en mi ojo, me cegó durante una semana, pero no hay problema, estuvo precioso”, dice el arquitecto punk con una playera de LNG SHT ya rota a su amigo, fotógrafo, que viene a cubrir el evento para una estación de radio por internet, instalado justo en esa que es sólo para fotógrafos, la primera fila. “El slam no es golpear al otro, es levantar al que se cae; en Tragedy alguien cayó del cielo y apenas pude agarrarlo de la camisa a centímetros de que se reventara la cabeza contra el piso”. Estrellarse contra el piso es una de esas cosas que junto al fallo de los instrumentos, parece que ocurren siempre en el DiY. Ambos recuerdan entonces que cuando bajaron a tomar un poco de aire alguien les dijo que en el AHNE IV estaban tocando los Hawaian Gremlins cuando un tipo súper ebrio se metió al baile y de un encontronazo quedó inconsciente en el suelo; entonces toda la gente se detuvo, incluso la banda, que aseguraró no tocar un acorde más hasta que el compadre se levantase. Todos le hicieron la bolita, respira carnal, le decían, pasan 4 y al quinto minuto se logra levantar, le aplauden, hay gritos como si el que se hubiera levantado hubiera sido Thom Yorke y sigue el concierto.

Todos estos ataques de memoria les recuerdan las chicas de tatuajes y cabellos morados que están ahora gritando en los micrófonos. Proyecciones de líneas blancas sobre fondos negros les dan un tono extra de misterio y cacería a Felina, quienes, pese a abrevar directamente en los sonidos punk de los 70, suenan más actuales que muchas de las bandas indies que desean estar a la última moda. La cosa consiste, una vez más, en no copiar nunca, en nunca estar a la moda, en hacer lo inesperado, clavarse de lleno en el misterio para encontrar lo desconocido, como en efecto decían en los 70. “Esperábamos una respuesta como la de Guadalajara, donde el público es más cerrado y es más lento todo”, dicen las chicas, una vez abajo, con sus nuevos fans del DF. “En Guadalajara no hay una escena donde haya mujeres, no les cuadra que haya una morra arriba en el escenario”, las miradas de los nuevos fans se estremecen. “El primer toquín que organizamos se llamó Pijamada Satánica, y queríamos seguir la línea de bandas como Conspiración Alfa 5, Monje Versus Tigre, Satélite Saturno, Clan Trevi Andrade y de pronto nos dimos cuenta que también había que gestionar y asistir a todo tipo de eventos, que no sólo los de punk eran los nuestros, porque todos somos parte de lo mismo y al final, no hay escena”, los fans respingan y tienen súbitos arranques de sueños eróticos con ellas.
Quizá haya que disculpar a los pobres fans, también aquí tienen las peores ideas, pero como en ningún otro festival, llegaron temprano, interesados en sonidos desconocidos; como ellos, más del 50% de la audiencia estaba ya ahí a las 6 de la tarde y otro tanto estuvieron más de 8 horas. El ejemplo paradigmático de ello fue Tino el Pingüino. No obstante ser una de las cabezas del cartel, estuvo vendiendo cds a $150 desde las 5, viendo a cada una de las bandas, los shows instrumentales y catárticos de Run Golden Boys y Ver Llover, el shoegaze de Yo Maté a Tu Perro, dando respingos con el fallo de sonido que impidió la presentación de Biduaya y ahora quedaba sólo él. Tuvo muchos problemas de audio, el hombre de la consola estaba poseído por the fear, que seguía en el salón, y sólo hizo más evidente que el hip-hop mexicano aún no es del dominio público, sobre todo para los ingenieros de audio. No obstante Tino fue el justo cerrador: el espíritu más joven de la fiesta. Se bajó a brincar con un público que llevaba las mismas 10 horas que él en el evento pero apenas podía seguirlo, todo el tiempo animó y arengó a la audiencia, animosa pero casi tan deshecha como la consola, y lanzó varios speechs memorables, en uno de ellos hasta aseguró que lo habían invitado al Pepsi Center al Hip-Hop Fest donde también estuvo Public Enemy el mismo día pero decidió estar en el AHNE, “porque yo lo que quiero es compartir una rima o al menos tomarme una cerveza con la que considero mi gente”. Si el genuino hip-hop es hablar con crudeza porque la grosería y lo que no está en la RAE es lo que sí está en las calles, no podemos dudar que personajes como Tino serán muy pronto los justos reyes sonoros de la ciudad.

Al mirar al público descender por la angosta pero rockera escalera del Salón Bolívar para desperdigarse otra vez en la madrugada, se entiende muy bien el rollo del AHNE: todo mundo tiene una banda, una página, un proyecto en desarrollo, o mejor aún, todo mundo merece tener una banda, porque aquel que lo pida con suficiente insistencia merece tener la oportunidad de hacer una canción, de hacer que le paguen por hacer lo que más le gusta y porque no es del todo innoble pensar que esos eventos, hechos literalmente con $0 en el bolsillo, para gente que tiene $0 en el bolsillo, con bandas que venden 0 discos, en lugares preparados 0 acústicamente, y que ataque the fear y el alcoholismo y el tráfico y la lluvia o el calor y el fallo del corazón o del destino, y que aún así todo salga realmente tan bien, que no llegue la policía, que puedas fumar un porro adentro del lugar y que regreses tranquilo silbando una nueva canción que nunca antes habías oído y que hizo alguien bien parecido a ti, es una muestra clara de que hay un triunfo, de que no todas las batallas que se libran por transgredir, provocar o cambiar el mundo, fracasan. “Con mi banda, Tierra Muerta, en Pachuca nos recibieron con alfombra roja; nos llevaron de tour a conocer la ciudad, luego a una firma de autógrafos, la gente se aglutinó a nuestro alrededor, se sabían nuestras canciones, pero francamente, si quieres que te diga la verdad, está más chido cuando piensas que vas a llenar un lugar y no va nadie, porque para una banda es más interesante, debes chambear más, y debes recordar siempre que es lo mismo tocar para mil que para 5”. En ese tono se diluyen las conversaciones, y habrá que admitir que ese sábado sí hubo escena.