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#SoundAndVision. Vanilla Sky: el sueño del que no se sale al abrir los ojos

- Por: helagone

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV

Imaginaba entonces, como ocurre siempre,
otros tiempos, los tiempos felices.
Pero aquellos tiempos no habían existido nunca en realidad.

Noche de Epifanía, José Revueltas

Luego fue verdad, no sueño;
y si fue verdad (que es otra
confusión y no menor)
cómo mi vida le nombra
sueño? Pues ¿tan parecidas
a los sueños son las glorias,
que las verdaderas son
tenidas por mentirosas
y las fingidas por ciertas?
La vida es sueño, Calderón de la Barca

 
Una mujer y un hombre forcejean en un auto que ella conduce a alta velocidad. Él dice algo, ella sonríe y entonces él se arroja sobre ella, intenta tomar el control del auto que, de pronto, se estrella contra las protecciones de metal de un puente y cae. La pantalla se oscurece y apago la televisión. Me tuve que ir, no recuerdo a dónde, y dejé a medias la película Vanilla Sky, de Cameron Crowe. Tardaría más de 10 años en verla nuevamente, esta vez completa.
Vanilla sky es el remake (o cabría decir, en todo caso, la reinterpretación) de Abre los ojos, de Alejandro Amenabar. Varía en muchas cosas respecto de la película española y, a diferencia de casi todos los amigos con los que he platicado sobre estas dos cintas, me quedo con la versión del director Cameron Crowe. Las diferencias, según yo, aunque sutiles, son enormes. Está por demás decir que los vasos comunicantes entre ambas películas son abundantes (Penélope Cruz, por ejemplo, interpreta al mismo personaje en ambas, lo cual es importante resaltar) aunque son dos mundos distintos.
A partir de un tema central (el que muchos, incluso, consideran el más valioso del filme: la ciencia como oportunidad para prolongar la vida) la película presenta numerosas ramificaciones que llevan a explorar otras aristas del comportamiento humano, de los sentimientos y las relaciones interpersonales e intrapersonales.
Vanilla
 
Desearía que no te hubieras subido a ese carro
Los humanos nos ubicamos en este mundo, hallamos nuestro lugar en él, a través del lenguaje. Nombramos a las cosas a nuestro alrededor, nos apropiamos de ellas al nombrarlas. Las cosas son o están, y nosotros somos o estamos gracias a ellas: el lenguaje moldea al mundo, lo nombra; lo crea.
La mera construcción de esta frase, en voz del personaje interpretado por Penélope Cruz, me intriga: si nosotros los humanos usamos el lenguaje para describir al mundo (y el mundo es, en mayor o menor medida, formado por la lengua y las palabras) ¿por qué, entonces, la existencia de este tipo de tiempos verbales? ¿Quiere decir que los humanos necesitamos las situaciones hipotéticas para, aunque sea un poco, sanar las heridas que deja el tiempo y la vida? ¿Somos seres tan ávidos del supuesto que desarrollamos una manera de expresarlo y moldearlo? ¿Somos, como sugería Revueltas a través de sus textos, seres enfermos de nostalgia y añoranza?
Son estas construcciones, siempre, un ejercicio en el que dejamos correr la mente hacia lugares intangibles (o inamovibles, como el pasado) y siempre la realidad, el presente, lo palpable, representa una pista de aterrizaje a la que volvemos. Desearía que no te hubieras subido a ese carro, es decir, quisiera tener cierto control sobre el pasado y moverlo a mi antojo; niego un poco este presente —o lo acepto, aunque quizás no lo apruebo— porque es producto de ese pasado preciso.
Quisiera, cómo me hubiera gustado que esto o aquello no hubiese pasado. Frases que, invariablemente, nos hacen ahogarnos en las aguas de la añoranza, porque llevamos a cuestas la piedra del presente.

 
El tiempo de los tiempos
El periodo durante el cual los protagonistas se conocieron es, si se mira bien, corto, cortísimo. Se miran una vez, comparten una noche y después del accidente de David se encuentran en una discoteca; el siguiente encuentro es uno a medias, incompleto: el funeral de él.
El grueso de la película transcurre en el mundo imaginario, ficticio, que David se inventa —o que lo ayudan a inventarse—; la ciencia como complemento de las limitantes humanas: un sueño largo, placentero que “no tiene por qué acabar”. Existe aquí, también, una reflexión sobre realidad y fantasía, ¿cómo saber la diferencia? Como en el mundo onírico, en el que a veces es imposible disociar lo verdadero de lo imaginario, el mundo inventado en el que transcurre gran parte del filme (“El sueño lúcido”, como lo llaman) parece tener el mismo peso, incluso mayor, que el mundo real. El papel de la imaginación, del sueño, es preponderante en la vida humana, aunque a veces se olvide. Entonces, nos queda preguntarnos qué es la realidad, ya que la frontera entre lo real y lo que no lo es puede desdibujarse con relativa facilidad en ocasiones.

 
Realidad
Pongamos un ejemplo: hay dos hombres, uno existe y el otro, en el sentido estricto, material, limitado de la palabra, no. El primero, aunque corpóreo, real en el sentido estricto, es aislado de la sociedad y nunca nadie sabe la más mínima cosa de él. El segundo, aunque no tiene cuerpo, está presente en numerosas narraciones, anécdotas inventadas; se le atribuyen frases y hechos que en realidad nunca pasaron, pero que tienen peso y efecto sobre la vida de aquellos que las escuchan. ¿Cuál es más “real”?
En la película, la transición entre un mundo y otro (el real y el imaginado, digamos) es suave, y se hace perceptible, palpable, en el cambio de la tonalidad del cielo (que se torna un cielo color vainilla, como el de un cuadro de Monet, sumamente significativo para el protagonista). Sin embargo, no es hasta el final de la película que queda de manifiesto el proceso llevado a cabo (aunque ya se intuía con anterioridad).
La película puede llevarnos a cuestionar la definición de real. La escena inicial, donde el protagonista se encuentra totalmente solo en la ciudad, resulta ser un sueño, uno que, sin embargo, no descubrimos como tal hasta que vemos despertar al personaje; uno que él mismo descubre como falso hasta que despierta, no antes.

Hay constantes guiños, claves, para que demos con la clave: lo que parece ser real no necesariamente puede serlo. El holograma de John Coltrane, durante una de las escenas (y Penélope Cruz tratando de tocarlo, en un gesto mitad incredulidad y mitad travesura) es prueba de ello: el músico parece de verdad estar ahí, y en cierta medida lo está; subyace, podría decirse, en un plano paralelo de realidad.
Entonces, podría decirse, que real es aquello que tiene injerencia sobre nuestras vidas. Hace un par de años, leí un artículo sobre la memoria y cómo ésta puede no ser del todo fidedigna a lo que en verdad pasó. Se realizó un estudio con un grupo de personas, a las que se les mostraron fotografías de ellos cuando niños, en diversas situaciones; la mitad de las fotografías eran falsas: ellos no habían estado ahí. Sin embargo, más de la mitad de los sujetos afirmaron recordar tal o cual evento, aunque en realidad no lo habían vivido. Si después de la prueba nadie les hubiera dicho que eran fotografías falsas, ellos, quizás, seguirían creyendo que estuvieron ahí: percibirían ese recuerdo como “real”. Entonces, como Ricardo Piglia dice en Blanco nocturno, “habría que ver la diferencia entre falso e imaginario”. Tal vez el mundo de Vanilla Sky es imaginario, pero no falso.

Abre los ojos
Hay una circularidad en el filme, una sensación de ciclos, de continuidad. La frase “abre los ojos”, que es banderazo de salida y meta de la historia, juega un papel vital en la película; alude al despertar, en las numerosas acepciones de la palabra.
Creo encontrar una ligera reminiscencia al mito de la caverna, de Platón. Lo que consideramos real, el mundo que percibimos como verdadero (incluso puede que jamás nos cuestionemos si lo es) tal vez sólo sea el reflejo, el eco, de otro mundo, éste sí real.
Es una pregunta típica, que me hace recordar mis clases de filosofía en la preparatoria pero, ¿y si esto es un sueño y no hay modo de saberlo? Tal vez es un sueño del que no se sale al abrir los ojos.
Los distintos lenguajes
El silencio como lenguaje en la historia es un detalle a resaltar. Una de las escenas que más me agradan de Abre los ojos (que, sin embargo, no fue trasladada a la versión estadounidense) es cuando él y ella se miran, después del accidente, en el parque; se miran, silentes, mientras la lluvia los une y desdibuja al mismo tiempo.
El silencio es en sí mismo un lenguaje que, a pesar de lo que pueda parecer, resulta menos maleable que el creado con las palabras. El lenguaje, como la música, se compone de sonidos, pero también de silencios. Creo que las escenas de silencios en Vanilla Sky me gustan más que las que llevan diálogos.

Cambios
Una simple decisión, una sola, tiene la capacidad de cambiar radicalmente las cosas; la vida, incluso. Me gusta ese mensaje en Vanilla Sky: una simple decisión, como subirse o no a un carro con alguien, puede desencadenar sucesos casi interminables (aunque en realidad, también, un hecho nunca está asilado, viene seguido —o precedido— por otros tantos). Me gusta pensar en esto. Una avalancha que comenzó como un copo de nieve, un incendio forestal que vio su simiente en una chispa, una vida que cambia con sólo un vocablo o un paso; una probada de la teoría del caos.
Reminiscencias
En el cuarto de David Aames, el protagonista, interpretado por Tom Cruise, hay un poster de Jules et Jim, de Françoise Truffaut, lo que parece avisarnos del destino que llevará el filme. El accidente de auto con el que inicia la caída en Vanilla Sky es muy similar al final del filme francés.
Quiero creer —incluso si no es así— que hay una relación, aunque lejana, con Persona, de Ingmar Bergman. El final de Vanilla Sky, cuando los recuerdos del protagonista se muestran uno tras otro, como en carrusel, se me antoja similar a la ruptura del celuloide en el filme de Bergman, casi al final de la misma, donde también deviene un carrusel de imágenes. El vocablo persona, de igual forma, conlleva una relación con máscara, con imposta, como la que porta David Aames después del accidente.

Vanilla Sky, un filme fuertemente criticado por algunos, me parece una película que crece conforme se le ve más veces. Me parece, además, importante, interesante, por el tratamiento de la vida y el cuestionarse qué es la misma, por las delgadas líneas entre realidad-fantasía-sueño. Al final, me parece, como dice Calderón de la Barca, la vida es sueño, sólo que aquí se nos presenta cercana, casi palpable, la posibilidad de moldear ese sueño a nuestro antojo.