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#TrenSuburbano. Albergue Luisa

- Por: helagone

Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV
Sobre la avenida, apenas visible, está la entrada a una calle, es la que buscamos. Las hojas de los árboles caen a la banqueta, a la pequeñísima y casi olvidada área de juegos. A un lado, iluminado día y noche por un foco sucio, un pequeño altar acumula polvo. El sonido de una ambulancia pasa y muere ahogado en los demás sonidos de la ciudad, y en el silencio de esta calle. Miramos el número en la pared, casi escondido, y lo contrastamos con el que tenemos apuntado en un papel: aunque no se parecen, son el mismo; como un retrato hablado. Tocamos la puerta, una, dos, tres veces, y un ladrido surge de allá adentro. Como si fueran eco, otros ladridos se unen al primero. La cabeza de un perro negro, grande, se asoma por una ventana del segundo piso. Me recuerda a los trofeos de caza.
Volvemos a tocar, esta vez con más fuerza, aunque quizás ya sepan que estamos ahí: el alboroto de los perros va in crescendo. Alguien, desde adentro, pregunta quién está ahí, y qué deseamos. Le contesto que llevamos una donación para el albergue, una cama para perro y unos cuantos kilos de croqueta, que mi amiga sostiene contra su pecho. La puerta se abre, sólo un poco, y la mujer me reconoce; entonces la herida se abre más y deja ver la casa completa.
—Pasen —nos dice, y de inmediato se disculpa por el desorden que es, según yo, mínimo para una casa que alberga a más de 50 perros.
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La puerta se cierra tras nosotros. Un perro pequeño ladra en alguna parte de la casa, aunque no logro identificar dónde ni logro verlo a él (sé que es pequeño porque ladra como mi perro). Los chillidos comienzan a sustituir a los ladridos; parecen una orquesta. Al fondo del patio, pequeño, hay una ventana, desde la que un niño nos mira. A la mitad de su cara, como un ecuador, el último peldaño de la escalera de caracol que lleva a la azotea, donde hay más de 20 perros divididos en dos grupos: los que tienen sarna y los que no. Un aroma a cloro, que no puede con el aroma a perro, a perro enfermo, nos llega a la nariz. No me sorprende que los vecinos se quejen, pero, me digo, deberían ver lo que hay detrás, y agradecer que haya alguien como la señora Luisa que, sin importar qué, siempre recibe a un perro que se encuentre en peligro.
—Ya ahí viene —me dice la mujer que nos abrió— y señala con el mentón al cielo. La señora Luisa, bajita, sumamente delgada, viene sumando escalones a su espalda. Tiene sus habituales botas de plástico, como las que usan para lavar los puestos de pescado.
—Hola —nos dice al estar frente a nosotros— perdón que no los salude de mano, pero estaba lavándoles allá arriba a mis niños.
Sus niños, así los llama. Y como tal los trata.
Le pregunto cómo ha estado, qué ha sucedido.
—No mucho —me dice mientras forma una visera con su mano izquierda; el sol logra llegar hasta nosotros a través de las bardas altas — algunos han estado enfermos, y me acaban de venir a dejar a éste.
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Pone la otra mano, con la que no se defiende del sol, en una jaula enorme de plástico colocada a medio patio. “Cuidado, no tocar”, dice una hoja de cuaderno, cuadro chico, pegada a la puerta de la jaula. Lejos de ver un perro enorme, fúrico, a quien vemos, una vez que se asoma, es un perro mediano, bonito, mestizo, con la mirada grave, tirando al suelo.
—Es muy mansito, pero está asustado; le arrancaron la oreja.
El perro regresa a las sombras, parece no querer mostrar su mutilación.
—Ya lo atendieron, ya no hay riesgo de infección, pero como le duele está irritable.
De pronto mi amiga y yo nos sentimos observados, y no es en balde: de las orillas del techo, de las ventanas, cuelgan miradas caninas; sus cuerpos, a veces, tapan el sol. Aprovechamos la interrupción en la plática para entregar lo que mi amiga lleva.
—Qué bueno que la trajeron —habla de la cama— me va a servir para la que acaba de tener perritos, vengan a verla.
Nos lleva a un cuarto paralelo a la casa, al que no se llega por dentro, sino por fuera. Es una construcción angosta, poco iluminada, donde una perra de talla mediana, de aspecto fatigado, cubre con su cuerpo, magro, a un grupo de perritos.
—La encontré amarrada al poste en la mañana. Como saben que los recibo, vienen y me los dejan aquí. Así como la ven, está gorda; venía en los huesos.
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Regresamos al patio donde nos recibió. Sus hijos, menores a los diez años, se acercan: cada uno carga un perro pequeño. No los tratan con cariño, ni con cuidado especial, como los que suele dársele a una mascota: los cargan como cualquier hombre, mujer, cargaría a su propio hijo, al hijo de su hermana, a su hermano menor; con una ternura implícita, que está de más, muy demás, adornar o exteriorizar.
—Éste —y acaricia a un perro de talla grande, de mandíbula poderosa y mirada escurridiza — llegó hace apenas una semana. Es un niño, mira, no tiene ni un año.
La señora Luisa lo toma del hocico y retira suavemente los belfos para dejarnos ver un juego de dientes limpios, casi nuevos, que contrastan con la piel maltrecha, dura, inexistente en partes, que envuelve al perro.
—Un chavo me vino a decir que había un perro amarrado cerca de Ferrería, donde era el rastro, y que no dejaba de llorar. Lo habían amarrado con alambre, y por lo mismo se abrió la carne intentando escapar.
Alrededor del cuello del perro se ve una herida en proceso de cicatrización.
—Mira, como es fuerte, como es cruza de Pitbull, lo usaba como sparring para los perros de pelea. Lo usaban para entrenarlos, o para calentarlos antes de pelear.
Entre un crucigrama de cicatrices, entre una constelación de huellas de violencia, se ven un par de ojos temerosos, limpios, tan claros que uno puede ver quién es en ellos. Ahora está a salvo, aunque quizás aún no se da cuenta de ello.
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Al lado de la jaula, cerca de la puerta, hay una bolsa con jeringas usadas, con gazas.
—Vino el veterinario ayer, y estuvo curando a los nuevos.
Siempre hay nuevos, siempre hay movimiento. Los vecinos han hecho llamadas una y otra vez a las autoridades porque saben, ya se han dado cuenta, que la labor de la señora no va a parar, que mientras nosotros, todos nosotros, no nos hagamos responsables de ese problema, que como no es de nadie en particular es de todos, ella seguirá. Y aunque han intentado cerrar el albergue, no lo han logrado.
—Creo que me van a dar un terreno ya pronto —dice la señora, mientras acaricia al perro que solía ser la piedra donde afilaban los colmillos de otros perros— y ya me voy para allá con mis niños, sin molestar a nadie ni que me molesten. Sólo eso quiero.
Allá afuera se escucha la campana del camión de la basura, los perros comienzan a ladrar. Nos despedimos de ella y le decimos que pronto, no sabemos bien cuándo, llevaremos más cosas.
—Gracias por venir, si conocen a alguien más que pueda apoyarnos, avisen.
Le decimos que así será, aunque no está en nuestras manos. La señora Luisa, cuyo albergue lleva su mismo nombre, todos los sábados instala un módulo en el jardín Hidalgo, en Azcapotzalco, y promueve la adopción, la esterilización y la consciencia animal. A veces quisiera hacerme de la vista gorda, y no recoger ni uno más, pero cuando los veo a los ojos, cuando veo cómo llegan y sé que si no es aquí no será en ningún lado donde los acepten, no puedo, me dijo, y sus ojos, como cada vez que habla de ello, temblaron.
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Salimos de la calle y llegamos a la avenida. Ahí está el edificio siempre en huelga; no sé qué pidan ni quiénes sean. Minutos después llegamos al metro Ferrería. Se ve el tren suburbano, el metro, los camiones y las avenidas: todo parece ser una invitación a escapar, una que, quizás, la señora Luisa ha estado tentada a tomar, pero no se atreve. La ciudad palpita, aprieta: es demasiada ciudad, es mucha, por eso debemos separarla en colonias, en calles, en delegaciones, para poder tragarla a pedazos más chicos y no morir asfixiados; da miedo pensar en lo grande que es, lo insomne, lo salvaje que puede llegar a ser. También está lo que no queremos ver, parecido al acertijo de la Esfinge: de día anda en cuatro patas, por la tarde en dos y en la noche en tres. Los perros, los hombres y niños de la calle, los ancianos olvidados en las banquetas; el dolor en cuatro, en dos y en tres patas, siempre el mismo, aunque diferente.
Y ahí en la ciudad, en eso que amenaza con tragarnos, en alguna parte, siempre, habrá un perro que no sepa que a dos calles del metro Ferrería, en una calle silenciosa, dentro de una casa que parece querer llegar al cielo y no puede, hay una mujer que lo espera, aunque no lo conozca.