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De emblema nacional a sex idols: la nueva cara de los luchadores de sumo

El sumo es un deporte milenario que tiene todo lo necesario para llamar la atención del mundo. Esta disciplina está ampliamente ligada con la religión sintoísta, y consta de enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre hombres con una enorme masa muscular. La corporalidad de sus practicantes y el sentido místico de sus enfrentamientos bastan para acaparar la curiosidad y respeto de locales y extranjeros. Ver una lucha de sumo sin contexto bien podría ser una de esas experiencias surreales del internet. Sin embargo, en los últimos años, la figura de los luchadores de sumo dio un giro todavía más increíble: ahora son vistos como sex idols, además de como emblema nacional

La importancia del rikishi en la tradición japonesa 

Los rikishis o luchadores de sumo son objeto de gran admiración y respeto en la cultura japonesa por su enorme disciplina y entrega. Quien decide practicar este deporte, deja de lado su vida personal para ingresar en los llamados “corrales de entrenamiento”. Cual monjes, los rikishis permanecen enclaustrados por años como parte de su acondicionamiento deportivo y espiritual. 

Sus exigencias físicas van desde su dieta –muy alta en calorías–, hasta su apariencia. Mantienen su cabello largo durante toda su carrera, y deben vestir de maneras específicas, incluso cuando salen solos. El sumo es un estilo de vida integral, lleno de sacrificios, que va más allá de su entrenamiento corporal. 

Además, estos luchadores no tienen derecho a tener una novia y mucho menos de formar una familia. Estas prohibiciones se mantienen hasta que el deportista alcance un gran éxito en su carrera. Una vez conseguido el rango de yokozuna o ganador, adquieren la libertad de tener un hogar fuera del corral de entrenamiento. 

Son personas que destacan por su amabilidad y mesura, ya que tienen prohibido inmutarse ante cualquier circunstancia, inclusive si ganan o pierden algún torneo, por muy importante que este sea. Por todo esto, es normal que los japoneses le dirijan una reverencia a los luchadores de sumo cuando los encuentran en su camino.  

Rikishi en corral de entrenamiento

Las mujeres que no le temen a las reglas del sumo 

A lo largo de la historia, la práctica profesional del sumo ha sido exclusiva de los hombres. El deporte nacional de Japón tiene una muy baja representación femenina debido a sus antiguas reglas religiosas pues, en el sintoísmo, la sangre es considerada como un elemento contaminante y una representación de la muerte. Las mujeres, al ser personas menstruantes, se consideraban impuras dentro de esta cultura y tienen prohibida la entrada al dohyo (o arena de juego), pues es un lugar sagrado.

Sin embargo, pese a las estrictas restricciones del deporte, las mujeres han ido ganando terreno en él. La apertura de su participación comenzó cuando adquirieron un espacio como espectadoras, pues originalmente también se trataba de un espectáculo exclusivo para hombres. Después, a partir del periodo Edo (1603-1868) hasta la actualidad, las mujeres comenzaron a practicar el sumo de manera amateur y totalmente alejadas de la religión. 

El día de hoy, el onno-zumo o sumo femenino continúa practicándose de forma no oficial, pero eso no ha impedido que acaparen el ojo público. La participación creciente de mujeres en este deporte consiguió la posibilidad de posicionar el sumo como deporte olímpico, y la consideración de abrir su práctica para ambos sexos de manera laica, dentro y fuera del país. 

El impacto que han tenido las mujeres en esta disciplina japonesa no para ahí, pues gracias a la rebeldía y decisión de estas deportistas, el público femenino también ha crecido y  transformado significativamente la figura pública del rikishi. 

Luchadoras de sumo

Un nuevo matiz publicitario 

Las mujeres llegaron a transformar la manera de pensar y consumir este deporte. A diferencia de como ocurrió por cientos de años, los enfrentamientos de sumo dejaron de ser un evento costoso y exclusivo, para convertirse en eventos de dominio público

Las fans de la disciplina han tenido un papel importante para conseguirlo. Como en el mundo de este deporte los enormes cuerpos de los competidores son señal de fuerza y disciplina, recientemente también se han equiparado a ser un estandarte de belleza y atractivo masculino. 

Aunque comercializar su imagen de esta manera rompe con la antigua solemnidad de los rikishi, el gobierno y las empresas japonesas no se oponen a la idea. Han visto en la tendencia una oportunidad para mantener vigente su popularidad y, por supuesto, convertirlo en un negocio más jugoso. 

El surgimiento del k-sumo

La nueva fama del sumo en Japón se asemeja al fenómeno del k-pop coreano en muchos aspectos. Ya es mucho lo que se dice acerca de los entrenamientos a los que sus idols se someten previo a convertirse en estrellas internacionales

Los aspirantes a ser emblemas del k-pop audicionan desde su pubertad en agencias del medio, con la intención de ser aceptados como trainees o aprendices. Una vez dentro, de una manera muy similar a los luchadores de sumo, los trainees  dedican su vida entera a moldearse a la figura de una estrella. 

Desde que despiertan hasta el anochecer, estos jóvenes toman clases de música, canto, baile, asesoramiento de imagen, entre otras. También se les exige mantener una masa muscular baja, pues el estereotipo de belleza coreano es el de una persona sumamente delgada. Muchos de sus estudiantes han declarado haber pasado por trastornos alimenticios y hambruna con tal de caber en la talla de un idol. 

Los jóvenes sólo cuentan con un día de descanso a la semana, y en muchos casos tardan años en volver a ver a sus familias. Y a pesar de todos esos sacrificios, la mayoría de los estudiantes son expulsados de la academia por no cumplir con sus estándares. 

Incluso para quienes llegan al final del programa de entrenamiento e incursionan en el medio, sus vidas continúan siendo manejadas por las agencias de k-pop. Nunca recuperan el poder sobre sus relaciones sociales, vestimenta, la forma en que hablan, caminan y se ven. Todo el entrenamiento al que se enfrentan por años tiene un solo objetivo: convertirse en referentes de la perfección

Síntomas de una vida apasionada 

Los idols del k-pop y los de sumo tienen grandes semejanzas: entraron a sus respectivos mundos con un enorme sueño, y se impulsan hacia su objetivo con gran disciplina y esfuerzo. El solo hecho de entregar sus vidas al arte o el deporte ya es no en sí un acto digno de admirarse. Quizá por eso al sumo solo le hacía falta el empujón del fandom femenino. 

Pero en ambos casos, lo que se consume e idolatra no es su dedicación, sino su imagen. El fandom de ambos países idolatran de una forma casi enfermiza el aspecto de sus idols, pero pocas veces cuestionan el trabajo que hay detrás de sus figuras. 

Los luchadores de sumo viven menos años que el promedio mundial debido a su exagerada alimentación. Mientras que los idols del k-pop tienden a presentar enfermedades como la anemia, anorexia y bulimia; más de una vez se les ha visto desmayarse en pleno concierto. A todo esto hay que agregarle las afectaciones psicológicas que su entrenamiento acarrea. 

Todos los suplicios por los que pasan no son un secreto. Basta una vuelta por internet para encontrar contenido y videos acerca del tema, y el fandom de todo el mundo lo sabe. Y aún así prefieren ignorarlo, o tomarlo como una razón más para admirarlos. 

A pesar de que estas figuras públicas se someten a los entrenamientos en plena conciencia de lo que implica, hay una razón para que tengan exigencias tan severas: el público lo consume. Si el k-pop y el sumo tienen tal impacto en el mundo es porque su público lo quiere tal cual se lo ponen en el plato. Por como son trabajadas las mentes y cuerpos de sus representantes. 

Rikishi o luchador de sumo

El fandom es consciente de lo que tienen que pasar sus idols para ser aparentemente perfectos a la hora del espectáculo. Pero, al igual que quienes comemos hamburguesas a pesar de saber de la existencia del maltrato animal, nos comemos el espectáculo de todas maneras. Y eso no significa que gocemos del sabor del dolor ajeno, hay algo de sublime en el sacrificio. 

Si el fandom no ve continuamente los entrenamientos y los suplicios de sus idols no es porque ellos no importen, sino porque eso no importa nada y a la vez lo es todo. Como el pintor que tarda años en crear su obra maestra, el espectador aprecia la pintura en un solo instante, pero no acompaña al artista en todo el proceso. No vemos a los rikishi comer 20 huevos al día, ni a los idols coreanos ensayar una y otra vez sus pasos de baile, a menos que seas un o una curiosa –como yo– escribiendo este artículo. Los vemos en el escenario o en la arena de juego vaciando todo ese esfuerzo en un breve momento. 

Entonces la adrenalina sube y el fandom lo saborea, porque sabe que no va a durar para siempre. Sabe que el costo de sus entradas tiene el valor de una vida apasionada y entregada por completo a lo que hacen. No disfrutan del coste mental ni físico de sus referentes, gozan del deleite que provoca el resultado de ese sacrificio.

Dinero, fama, amor al arte o al deporte, el supuesto motivo pasa a segundo plano, y el espectáculo se convierte en el último reconocimiento de su esfuerzo, la meta más grande, lo único que hace que todo valga la pena. Los idols y fandom conocen el riesgo de fallo, y eso solo los emociona más. Quienes llegan más lejos son los que se han caído y levantado más veces. Son artistas y deportistas que se reconocen humanos, pero dan siempre un poco más para ser reconocidos como dioses. Le deben todo a su fandom y a ellos mismos, y sus fans les agradecen todo su esfuerzo en una vida de breves momentos.


Por Jovana Hernández – @jov.is