TODO MENOS MIEDO

EN VIVO

EN VIVO

El dolor de Madame X

“Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía…” gritan los pañuelos morados en las calles de Latinoamérica y otras partes del mundo. Lo sacuden todo todo, haciéndonos levantar la mirada. “El violador eres tú” concluye la denuncia. Porque las mujeres no paseamos por las calles esperando ser miradas, juzgadas, perseguidas, acosadas ni violadas. 

No culpamos a todas quienes se mantuvieron bajo la seguridad de un velo, porque la comprensión de nuestro propio dolor es reciente. Puede ser aterrador mostrar y demostrar más de lo que es socialmente esperado. Basta ser mujer para tener miedo, o trastocar el constructo femenino para que pongan en duda tu dignidad. Tal fue el caso de Virginie Amélie Avegno Gautreau, mejor conocida como Madame X, la mujer que perdió el respeto de todo París por dejarse caer el velo. 

Un mal presentimeinto

Hacia los últimos años del siglo XIX en París, la señora Gautreu se esforzaba por cumplir con las exigencias de una dama de sociedad: hablar, caminar, vestir, ser impecable. En mujeres como ella, no se esperaba menos que la perfección, lo que equivalía a actuar como una muñeca de porcelana en la estantería de una tienda cara. 

Gautreu no distaba tanto de ser una muñeca, al menos no por fuera, y fue por eso por lo que captó de inmediato la atención de John Singer Sargent, un afamado artista estadounidense, quien se encargaría de pintar el retrato que arruinaría la imagen pública de Gautreu, tanto como su propia carrera. 

 “Me fascinaron su belleza, la blancura de su tersa piel y sus elegantes facciones. A través de un amigo común, Del Castillo, le propuse que posara para mí y ella accedió, aunque lo que prometía ser una experiencia única, pronto se tornó en desencanto” (Singer). 

El pintor postimpressionista convenció a la joven Gautreu de ser la modelo de lo que se volvería su cuadro más famoso y, según él, su trabajo mejor logrado. En un principio, Gautreu se resistió a la oferta por miedo a la opinión pública, como si se tratara de un mal presentimiento. Pero una vez comenzada la obra, la joven se mostró tan entusiasmada y se involucró con el trabajo tanto como el mismo pintor. Luego de un año lleno de esfuerzo por parte de ambos, la obra se expuso en el Salón de París en 1884. 

El peso de la opinión pública

Sin embargo, contrario a lo que esperaban, la obra fue objeto de escarnio, no por una deficiencia artística, sino por la naturaleza provocativa del retrato: Singer capturó a Gautreu elegante como solo ella podía serlo, pero también sensual y misteriosa. La pintura la mostraba con un tirante del vestido cayendo de su hombro y el escote más pronunciado de lo que su posición social suponía correcto. 

Madame Gautreu se enfrentó cara a cara con la mirada de una sociedad que censuraba su cuerpo en una pintura por algo tan simple como un vestido. Durante esta época, la honorabilidad de la mujer continuaba dependiendo del largo de su falda y el pudor de su corsé. La opinión, por supuesto, venía siempre de la autoridad del ojo masculino, y la elección de este vestuario se alejaba mucho de la imagen esperada en una dama. El peso del escándalo fue gigante, al grado de que Singer decidiera borrar el detalle del tirante de su obra; pero eso no bastó.

Gautreu dejó de sentir la suavidad del pincel que pintó su figura, para dejarse invadir por una censura ajena. El escándalo fue tal que el gran valor artístico del cuadro fue opacado por las críticas hacia la modelo. Incluso el pintor tuvo que abandonar la ciudad con todo y el retrato, mientras que la bella modelo pasó de amar la pintura, a odiarla profundamente. 

Un favor a una buena amiga

Singer se mudó a Londres, donde su obra en general tuvo un mejor recibimiento que en París. El artista, gozando de las libertades de su nueva residencia, no perdía la oportunidad de jactarse del polémico retrato ante unos cuantos espectadores. Más tarde, en 1916, el artista estadounidense recibió una oferta por el retrato de parte del Museo Metropolitano de Nueva York. Singer la aceptó bajo la única condición de bautizar el retrato como Madame X, protegiendo así la identidad de su vieja amiga. 

El retrato permanece en la actualidad en el museo de Nueva York bajo el título de Madame X. No queda claro si en su momento el título de la pintura bastó para rescatar la imagen pública de su modelo, lo cierto es que hoy su identidad ya no necesita ser un secreto. De hecho, el anécdota detrás de este cuadro le ha dado más popularidad de la que tuvo solo por su valor artístico 

En el mundo del arte, Singer sigue siendo una de las figuras más aclamadas de los Estados Unidos, y su obra una de las más representativas de la época. Sin embargo, Madame X continúa siendo un recordatorio del peso opresivo que representa la opinión pública. Especialmente cuando esta se forja desde una perspectiva misógina, o cualquiera que atente contra la dignidad humana.

Madame X: un pañuelo morado

Ni Madame Gautreu, ni ninguna otra mujer valen en función del talle de su ropa o la naturaleza de su imagen. Decidir ser retratada o no, fue una elección personal, solo cabe preguntarse si la elección del vestuario también lo fue. El vestido negro de  Madame X es el pañuelo morado de una época que vio nacer el feminismo. Gautreu posiblemente no posó con un ideal de liberación femenina, pero la crítica que se hizo alrededor de su cuerpo fue suficiente para cuestionarla. El retrato es un recordatorio de que sólo ella tenía pleno derecho sobre su imagen, sobre su propio cuerpo. Pero eso es algo que no acababa de ser comprendido en aquella época, y tampoco en la nuestra.


Jovana Hernández – @jov.is