TODO MENOS MIEDO

MODO AVIÓN (del tournedó al suadero)

¿Cómo te suicidas en un avión? ¿Cómo se mata uno a más de diez mil pies y una vez armados los toboganes lo que significa que el letrero de cinturones ha sido apagado? Tiene que ser un viaje largo. Vaya, un México-Acapulco, un Tampico, un Guatemala, un Mc Allen, un La Habana o un Mochis no sirven ya que no da tiempo. Si lo que quieres es cortarte las venas -hazte de una buena vez a la idea- te va a salir caro. Has de viajar en primera, eso que el capitalismo llama Business Class en cualquier idioma.

En Air France, por ejemplo, las culturales necesidades de demostrar que un tournedó de boeuf grillé puede servirse a cientos de kilómetros de altura con la misma calidad que a ras del parisino suelo en el más inmodesto bistrot, hace que tengas que cortar con cubiertos de metal y esos bien que sirven para hacer lo que Sócrates realizó en la tina. ¡Ziiiiiiiiip! aquí y ¡ziiiiiiip! allá, las dos muñecas. Claro, en Air France no hay tinas ni quien recoja en la libreta de la posteridad frases célebres.

El pasajero

¿Cuánto dura el viaje a París? ¿Es posible desangrarse en, qué, once horas? ¿Cómo disimularlo? Si viajas en clase turista es más difícil: el plástico, tú sabes. Si uno es rico, o finge que lo es, hasta tomar la selfie delatora, uno- deben creer- no usa instrumentos de metal punzo cortante para agredir a otro, para intentar desviar el avión a Cuba con nostalgia musicalizada por Carlos Puebla o por Silvio o por Pablo o hasta por Amaury Pérez si ya de plano lo de uno raya en Juan Gabriel en tu playlist existencial. ¿Te quieres suicidar? Viaja en primera. Si no, olvídate…

Pues en eso estoy. He de disponer de mi vida con lujo a pagar esclavizado por la tarjeta de crédito. Con lujo a no pagar porque ya estaré calacas… No estoy seguro: si me muero sin apoquinar ¿le cobran a mis deudos estos cabrones?…¡Pinche capitalismo es como Jalisco y como Toluca!… ¡Ya sé! ¿Y si no saben quién soy? Las aeromozas de primera, las asistentes de vuelo de Business Class, para decirlo de manera políticamente correcta, están convencidas por mi acento Bonjour tout le monde de mi canadiense origen. Les he dado un nombre que -me he cerciorado gracias al internet- corresponde a un locutor de radio que radica en Québec desde hace décadas a pesar de haber nacido en Manitoba. He pedido mi cena con un tono que convence, como si un tejano hablara francés pero en inglés gangoso. ¿Cómo dicen los franceses de manera decente: “este güey de perdida es de Montreal seguro”?

El menú

El menú elegido incluye, con algunas otras maravillas que los pasajeros de allá atrás ni siquiera se sospechan, ese robusto trozo de solomillo ya citado y que tanto se relaciona con el compositor Rossini -y déjenme decirles que muy franceses muy franceses pero se les pasó de cocida como si el cocinero hubiera sido del otro lado del canal de la Mancha con lopezvelardianos fusiles y no de Calais como quien agarra para el sur. Tampoco se imaginan los de popa, en su poca espaciosa incomodidad, que en primera clase hay, habrá, un futuro cadáver a desembarcar directo hacia la morgue -si la suerte le sonríe y no se ceba- ajusticiado por mano propia. Hace años, varias décadas ya, cuando no había sospechas ni terroristas ni aerosecuestros, estos metálicos cubiertos hubieran sido empleados entre ricachones y pobretes y uno, ya ricachón ya pobrete, se los podía chingar para presumir a los compadres: ¡ándele cabrón, conque muy viajado eh!…¡Ahí pobremente compadre cómo ve! ¡Y la comadre feliz verdad! ¡Pues usted la mira!… Así eran los diálogos.

Pero luego vino todo lo que sabemos que sería coronado por aquel septiembre que le vino a robar protagonismo a lo sucedido en Chile con lo de la Moneda y lo acontecido en Central Park con lo de la reunión una vez más de Paul Simon y Art Garfunkel y a lo acaecido en Cataluña siglos antes que conocido es como la Diada y por supuesto Avándaro y así, en hilado modo, para mostrar que la efeméride, como todo en un sistema así que embiste lo que se mueve y lo que no cuando no simple y sencillamente lo banaliza, vale lo que simple y sencillamente se conoce como el Chilam Balam del Chumayel en barro negro.

Bueno, pues el caso es que, en pocas palabras, luego de aquel once todo cambió y, a pesar de las buenas conciencias ecologistas, los viajes en los terrenos del manducar, le dejaron al plástico el protagonismo y así entonces, igualmente, la calidad de las viandas valió progresivamente lo que se le unta al queso. Todo para, aprovechando la excusa, seguir rellenando huchas y bolsillos a costa de los pendejos que por el puro hecho de volar- ideal que la humanidad debe de haberle aprendido al último pterodáctilo si es que supo de él- daban las nalgas o, como Teseo y eso que los griegos antiguos contaban para rellenar volúmenes de mitología- hasta la vida. Me cuesta ya trabajo escribir encerrado aquí en el baño.

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El baño

¿De cuándo es el disco de los Rolling que se llama Let it Bleed? ¿Cuánto tiempo falta para que alguien se queje con la sobrecargo- término políticamente incorrecto también- porque hay adentro un señor que hace mucho rato que entró y nomás no sale y yo me ando meando mademoiselle? Tuve una novia que se dedicó a esto de atender pasajeros en vuelo. No trabajaba en Air France sino en Mexicana, extinta línea por causa de un hijo de puta servidor de otros varios como él y que a pesar de las promesas de anexos y similares, nomás no ve la hora de volver a tomar pista. Ella, mi novia que les digo, me mostró que un baño de avión se puede abrir en menos de lo que canta un justiciero gallo. Basta hacer un movimiento que a los pasajeros no se enseña.

El amor de mi vida una temporada larga le tenía particular encono a los japoneses nunca supe por qué. Nada más a ellos. Les abría la puerta y los agarraba como al Tigre de Santa Julia disfrazado de luchador de sumo y en el acto les indicaba con voz firme y revestida de autoridad que se subieran el fundoshi ya que tenían que irse a su lugar rápidamente. No había más explicación. No la daba y en esa particular coyuntura no era juzgada por el súbdito de la corte del sol naciente como necesaria. Tal era su cotidiana travesura. Le encantaba la obediencia oriental mostrada, se jactaba de cómo la conseguía incluso con los pantalones a medio subir en el pasillo donde minutos antes había sido mostrado el correcto encajar de la hebilla y su clic y también la mascarilla te la pones tú y luego ya le pones la suya a la criatura…

Yo, sí, la amaba. Teníamos un restaurante favorito, y de la carta unos canelones rellenos de espinaca por ella sugeridos con proporcionados detalles venidos de su recetario familiar, que el chef, convencido, bautizó con su nombre. Cuando fui con él después y le di detalle de aquel alto edificio, de aquel balcón frente al Mediterráneo, de aquel fallido vuelo por propia voluntad, decidió a manera de homenaje, no obstante su éxito, retirar el platillo del menú.

Ella se suicidó pues, ella se suicidó también. Bueno, no debería decir “también” porque apenas ando en esto, si es que los metiches no me interrumpen para llegar a buen puerto o, debería decir, “aeropuerto”. ¿Qué? ¿No hay otros baños en este pinche avión y más si estamos en primera oigan? ¡Entonces no estén chingando!… Una alternativa para responder a la pregunta planteada en un principio- aquello de “¿Cómo te suicidas en un avión?”- es traer veneno. ¿Cuál? ¿Qué cantidad te permiten pasar además? Ahí sí el gasto es menor. El veneno es mas democrático donde la democracia se define, como todo, a partir de la economía: tanto ganas tanto puedes tanto te toca.

La sobrecargo

Me acuerdo de lo que escribió Mijail Bakunin sobre el acto de votar y me desangro gracias al cuchillo que Air France ha dispuesto con todo y blanco mantel para el tournedó de marras. Previo a ello hubo cangrejo al chimichurri, brocheta de mango, melón y ananas, jamón serrano en rollo bañado con una vinagreta de menta y kiwi y todo se bajaría con libaciones de un Medoc de una tonalidad rojo granate donde prevalecían las notas de frutos negros realzadas por un toque gradual de regaliz, que no era tampoco para soltar de brincos.

La sobrecargo, la asistente, la azafata, la persona que con otras como ella aquí está chambeando mientras éste que es uno va estirando la pata, seguramente pensó este fulano es raro, de otro modo cómo explicar que se haya metido al baño luego de cenar con el muy bien impreso menú de vuelo en tres idiomas incluido el castellano como posible lectura. Antes de preguntar dónde estaba el servicio pedí un calvadós. Había armagnac, había cognac, pero preferí un calvadós, así con acento en la o muy coquetón…Me debilito.

Me traje la servilleta de tela con elegante logotipo en una orilla para retener el líquido vital que mana de la parte final de mis tatuados antebrazos. El nombre de ella, la que les digo que se me adelantó porque así quiso, la que ocupó por tanto tiempo mi corazón, está tatuado en uno de ellos, en el otro no. Me arrodillo frente al excusado. Si alguien, valiéndose del truco que le aprendí a mi exnovia, entrara ahora podría alegar que el tournedó no estuvo tan bueno o tal vez el gateau de crabs y que mi reacción es lógica y llegué safe sin tener que emplear la bolsa de papel que para el efecto se pone en todo asiento, incluidos los de atrás. Cerrarían la puerta en el acto.

No hay nada más desagradable que atestiguar, como decía mi abuela, el cambio de peseta con sus arcadas. Me dirijo hacia el baño con calcetines nuevos cortesía de la casa aunque no hubo pantuflas como sé que dan. Debo añadir que todo el viaje ha sido una colección de turbulencias así que los mareos pueden subir la demanda del toilet. Mi par de cortes aquí y allá a dos manos colaborará sin duda para perturbar un algo más el movido ambiente. ¿Podrán llegar a tiempo para evitar el escándalo? Queda la duda…

13th May 1968: A demonstration of the new Boeing 747 passenger plane under development. Due for completion in 1969, the craft is so large it includes a stairway between decks and will carry up to 490 passengers in the most luxurious seats ever offered to air travellers. (Photo by Alan Band/Fox Photos/Getty Images)

La puerta

Acabo de darme cuenta de mi suprema pendejez. Sócrates, se sabe porque así te lo cuentan, se suicidó con cicuta. Esto es, que no se cortó las venas pendejote. Menos mal que no pusiste que también gritó ¡Eureka! imbécil… ¿Entonces quién sí? ¿Quién se cortó las venas, las arterias?… Estoy mareado y pienso en Carlota Corday y claro, lo sé: Danton no se suicidó. La juvenil Carlota se lo echó al plato en plena tina luego de haber oído en galo idioma la frase “pásame la esponja por la espalda, mi Charlotte, que no me alcanzo ándale y traigo harta comezón”; a la reina de reinas egipcias la mordió un áspid recogido entre higos con proverbial sensualidad y ojos de Liz Taylor; en la todavía intacta Notre Dame quien había sido amante del infausto Vasconcelos con su raza cómica parloteando por el espíritu se dio un tiro en pleno corazón y grandes poetas mujeres optaron por morir por agua o gas.

Suicidarse tiene su variedad y su surtido, pero… ¿en un avión? ¿Acaso pronto en la prensa francesa, en la mexicana, pueda leerse tomando en cuenta la diferencia de horarios, del suicida del vuelo México-París cuyo nombre real es un misterio a pesar de todas las prevenciones? ¿Acaso alguien entreviste a la suspicaz asistente de vuelo oriunda de Lyon que no obstante sus mejores esfuerzos e intenciones y sabiéndose el truquito no alcanzó a salvarlo? ¿Anotará el menú el reportero como si primerizo nomás por hacer enojar al editor que sabemos se acuesta con otro que estaba en policíacas y pasó a nacionales sin más merecimiento?… Los golpes en la puerta son cada vez más fuertes, los gritos por un instante me devuelven la conciencia; despierto al mundo una vez más:

-¡Órale pendejo, en chinga límpiate y sal que ya llegó el camión! ¿Te hizo daño el suadero o de quién te andas acordando culerito que llevas tanto ahí dentro?


Alain Derbez – @Alain_Derbez

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