
Hace no mucho salí de compras sin saber muy bien lo que estaba buscando. De pronto vi un vestido en el aparador, de esos que tienen todo lo que me gusta. No creía conveniente comprarlo porque el invierno ya está en puerta, pero concluí que probármelo no iba a costarme nada además de tiempo.
A la entrada del probador, mi bolso se atoró con el pasador de la puerta. Lo único que llevaba dentro era mi teléfono, un bálsamo labial y mi dinero. Tres cosas me obligaron a cargar con un bolso, y el pasador de una puerta ya lo había dañado. Guardé la calma, puse el bolso en el piso, y me probé el vestido. Me quedé en los probadores, indecisa, cuando noté el argumento más fuerte de la prenda. ¡Tenía bolsillos! Mi bolso de pronto parecía estar triste en una esquina del probador, como si supiera que jamás acompañaría ese vestido.
Qué curioso es que un simple trozo de tela extra me diera tanta emoción. Los bolsillos en la ropa de mujer, y todavía más en los vestidos, causan un extraño placer que parece reservado para nosotras. Es como si en ese pequeño espacio cupiera algo parecido a la libertad.

Los bolsillos son azules, los bolsos son rosas
Poco me faltaba para ir en busca de un pantalón de hombre con bolsillos profundos que reemplazaran a mi molesto bolso. De no ser por ese encantador detalle en el vestido, posiblemente ya me lo habría quitado.
Bolsillos y bolsos. Cada uno tiene una marca de género casi evidente: los bolsillos son para la ropa de hombre, los bolsos son para las mujeres. Los hombres no requieren de un bolso porque la mayor parte de su closet tiene bolsillos profundos y anchos en los que cabe casi cualquier cosa. Las mujeres compramos bolsos de todos tamaños, colores, formas y texturas, pero miramos aún con envidia los pantalones para varón. A veces me pregunto qué se sentiría liberarse de las asas de mi bolso, revestidas de algo parecido al terciopelo, pero que se siguen sintiendo como cadenas al brazo.
¿Pero, por qué si mi inconformidad es tan evidente, se nos sigue negando ese sencillo capricho? ¿Es realmente solo un capricho o hay algo más que nos aleje de acceder a la practicidad de los bolsillos? ¿Por qué los hombres parecen no desear portar un bolso en la calle?
Los bolsos son un básico en la moda, y no ha habido momento en la historia, desde el medievo hasta la actualidad, en el que no haya sido así. En cambio, el papel de los bolsillos no ha sido siempre constante, y mucho menos inocente. Lo que son capaces de guardar en ellos va más allá de su forma o tamaño.
El mundo antes de los bolsillos
Durante la era medieval, cuando las mujeres usaban vestidos con muchas más capas que el que yo llevaba puesto en ese momento, hombres y mujeres usaban bolsos por igual. Las ropas ostentosas que ahora vemos en las películas “de época” tenían el inconveniente de no tener espacio en ellas para guardar ninguna cosa. Es por eso que, sin importar el género, los bolsos de mano o ceñidos a la cintura eran un accesorio común para todos. Eso sí, variando en diseño y tamaño.
La idea de los bolsillos no pasó por la mente de nadie –o al menos no significativamente–, hasta después de la Revolución Francesa y la venida de la Industrial. La oleada de inseguridad que se vivía en las calles de París creó la necesidad de resguardar mejor sus pertenencias de asaltos callejeros. Fue así como las y los modistas franceses tuvieron la ingeniosa idea de implementar bolsillos en las prendas masculinas.

Sin bolsillos, sin secretos, sin nada
El problema está en que los bolsos se mantuvieron en la ropa de varón hasta nuestros días. No necesitaba salir del probador para saber que no hallaría un solo pantalón de mujer con bolsillos como los que deseaba en esa tienda.
Esa nueva invención de la moda y seguridad francesa estaba reservada para los varones, y se fue reinventando con bolsillos cada vez más ingeniosos. Los llevaban en los costados del pantalón, dentro y fuera de los sacos, grandes y pequeños. Gracias a esto gozaban de la posibilidad de cargar en ellos desde una pluma, sus cigarrillos, hasta libros “de bolsillo” o un arma. Lo único que ha cambiado con el tiempo es el contenido de sus bolsillos.
Los hombres cargan lo que desean pasando desapercibidos, anónimos. La intención de los bolsillos caminó en una dirección clara: dar la libertad de llevar consigo cualquier cosa, sin que el resto supiera de lo que se trataba.
El bolso de la mujer, desde ese entonces, es popular por ser capaz de casi exactamente lo mismo, a excepción de que este pone sobre aviso que ellas llevan algo consigo. Ni hoy ni hace doscientos años ha sido seguro el paseo de las mujeres solas por las calles y, de entre las muchas violencias de las que tenemos que resguardarnos, está la del asalto. Pocas veces nos planteamos que la ausencia de algo tan sencillo como los bolsillos incrementa de alguna manera el riesgo.
Blanco fácil
Me senté en el taburete del probador con el vestido puesto y miré mi bolso. Recordé todas esas escenas melodramáticas de las películas o las caricaturas –ya no sé bien dónde, tal vez sólo en mi imaginación– en las que un ladrón con pasamontañas le arrebata su bolso a una viejita. Podría ser que después de comprar mi vestido alguien me arrancara el bolso en la calle. Seguramente el hombre no llevaría un pasamontañas. Las caricaturas no me prepararon bien para la vida real; mi madre sí.
Carecer de bolsillos se convirtió en un símbolo que alberga más de un significado: representa la negación práctica de nuestra seguridad, porque nos obliga a ser blanco fácil, a exhibir nuestros objetos de valor. Entonces nos sentimos necesitadas de estar siempre en compañía, de preferencia masculina, y a cambio de eso sacrificamos nuestra autonomía. También nos priva del derecho al misterio y a la duda ajena, pues mientras que cualquiera puede llevar los bolsillos vacíos, una mujer no lleva el bolso con ella sólo porque sí. No importa el tamaño o el material del bolso, está a la vista de todos, e invita a la imaginación de cualquiera a especular su contenido. Se nos está prohibido guardar un secreto y mantenerlo secreto.
Desanimada por estas conclusiones, recargué mi cabeza en la pared y volteé al espejo una vez más. Lo único en lo que pude pensar era en que, por el momento, el único secreto que guardaban los bolsillos de un vestido que aún no era mío, eran mis manos hechas puño. Creí tomar en el aire el montón de secretos que me gustaría guardar en los bolsillos, pero no encontré ninguno.
Mi independencia no cabe en un bolso, pero la tuya tal vez sí
Vino a mi mente la imagen de mi mejor amigo. Fanático de los bolsos, siempre lleva uno consigo, y en su perchero tiene al menos diez. A él no parece estorbarle nada salvo la mirada de la gente curiosa que le señala con la mirada lo que ambos ya sabemos. No soportan verle femenino, tanto les cuesta que el bolso no vaya acompañado de una mujer.
El bolso es tan “femenino” que pensar mujer y bolso por separado es inconcebible. En algún momento entre la Revolución Francesa y el día de hoy, mujer y bolso se volvieron una misma cosa… persona. Incluso si el bolso fuese mío y mi amigo nada más lo estuviera sosteniendo, ponérselo en el hombro figuraba como ponerle una cadena imaginaria a quien debía ser verdugo y no reo.
Pero también pensé en todos mis amigos que nos piden guardarles su teléfono o cartera. Ellos nunca llevan un bolso, y por muy profundos que sean sus bolsillos, el mundo no cabe en ellos. Pero aún así no expresan abiertamente su deseo de tener un bolso propio. Tal vez ellos se sienten el mundo. El bolso nos quita movilidad, y cuidar sus pertenencias solo reafirma la libertad que ellos tienen sobre la mía. Tal vez la restricción de un bolso no representa el mismo tipo de envidia en ellos que a nosotras sus bolsillos.
Dentro del aparador
Pero ¿y si ellos también anhelan el bolso del aparador tanto como yo este vestido? ¿Qué tan valiente se tiene que ser para tener una colección de al menos diez bolsos en tu perchero? ¿Qué les quita a ellos y qué me quita a mí? ¿Por qué elegir entre bolso y bolsillos nos tiene que “quitar” algo? ¿De verdad es necesaria esta discusión tan absurda conmigo misma cuando quizá sólo baste con saltarme a la sección de caballeros en busca de un par de buenos bolsillos?
Pero el pasillo que dice en letras negras y sobrias “caballeros” mide un cuarto del de damas, y está de más decir que en él no hallaré un solo vestido. A lo mucho puedo contar cinco o seis colores, tres variedades de pantalón y cuatro de camisetas. Si lo que ellos buscaran fuera uniformarse, en dos vueltas a la tienda se obtendrían al menos diez estilos similares.
Al igual que la diferencia entre bolsillos y bolsos, desde la Revolución Francesa y la Industrial, la ropa de hombre ha sido diseñada para su comodidad. La de nosotras persigue un ideal de belleza. Entre las costuras de nuestras prendas va hilada la idea machista de que los hombres son quienes trabajan, y atan nuestro potencial entre los retazos. Al parecer alguien tiene que ocupar el aparador. El espejo me hace sentir en uno.
Ropa sin autonomía
Sigo sola en el probador y le pido a una empleada que me ayude a bajar el cierre del vestido para poder quitármelo. No lo alcanzo. Es increíble que aún hoy en día seamos incapaces de vestirnos y desvestirnos solas. No nos encanta la idea de compartir los probadores, sino que nuestra ropa también está diseñada para pedir ayuda.
Entre más atrás llevo mi pensamiento, más me angustia la poca autonomía que mis congéneres tenían respecto a la ropa y su cuerpo. Corset, cintas por todos lados, vestidos que doblaban su peso y que les impedían incluso ir al baño de manera cómoda. Peinados imposibles –afortunadamente hoy basta con pasarse el cepillo por la cabeza–, y las malditas cremalleras en la espalda o en los costados, justo donde es imposible subirlas por una misma.
Nunca he puesto en duda que la belleza cuesta, en especial la femenina. No hay momento de mi vida que recuerde sin haber pasado por un sinfín de rituales de belleza en pro de verme mejor, porque siempre se puede vernos mejor. Con la edad los suplicios también se van sumando, y eso solo me hace preguntarme si realmente vale la pena.

No seas hipócrita, te gusta verte bien
¡Pero claro que lo valen! Hasta mi terapeuta me lo ha recalcado más de una vez. Dedicarle tiempo a nuestro aspecto se convierte en un acto de amor propio cuando te sientes cómoda haciéndolo. Aunque el símil de belleza femenina cual muñeca de aparador tiene una fuerte connotación machista, con el paso del tiempo nos lo hemos ido apropiando. ¿Acaso no fueron importantes nuestras marchas en minifalda tanto como las manifestaciones en pantalón?
Me molestan los pantalones ajustados con bolsillos simulados, son un chiste de mal gusto. Pero no renunciaría a seguir probándome los vestidos del aparador, y sacarlos de mi ropero cada que el clima me lo permita. Hay días en los que necesito bolsillos funcionales y tenis cómodos; hay otros en los que el bolso corona un buen vestido y maquillaje. Nada de eso me vuelve más o menos mujer.
La ropa no solo es ropa
Recordé una noticia sobre pantalones y vestidos en la CDMX. Una escuela primaria había decidido eliminar la falda escolar de sus uniformes para unificarla en el uso del pantalón. En la columna se presumía que ahora las niñas tendrían la libertad de correr por los patios de la escuela. Me puse a pensar en que quizá los bolsillos no son tan necesarios cuando ya llevas mochila y hasta una lonchera.
¿Pero por qué eliminar por completo la falda del uniforme? ¿No era más sencillo dejar a las niñas escoger? Es verdad que, en fechas como estas, sentarse en el pupitre frío con solo la falda puesta puede ser un martirio. También lo es que nosotras no jugábamos a la pelota, porque todos nos recordaban que cuando usamos falda hay que tener cuidado. La educación te prepara para la vida, y eso va desde el uso correcto de la falda. Pero no a todas nos gustaba jugar a la pelota, y los días soleados volverán tarde o temprano.
Alguien me señaló las implicaciones que tenía dejar a las niñas elegir su uniforme: la misma libertad debería ser dada a los niños. La ropa no es solo ropa, y así como mi mejor amigo tiene que ser valiente llevando un bolso, los niños tendrían que serlo para pedirle a sus padres que les compren una falda.
La ropa “femenina” parece degradar el valor de quien la porta. Por eso lo “neutro” se inclina a lo masculino, a lo funcional. No se piensa lo femenino como útil. Las niñas con pantalón escolar es un hecho que se aplaude; los niños con libertad de elegir lo que quieren usar es un escándalo. ¿Realmente los y las alumnas de esa primaria están ganando libertades, o solo los estamos educando para un futuro diferente pero igual?

Un bolso propio
La empleada solo tardó un par de segundos en ayudarme a bajar el cierre, no sin antes halagarme con el vestido puesto. “Tiene bolsitas, si fuera tú me lo llevaría”, me dijo con una sonrisa. Le dije que sí, y que por favor me indicara dónde estaba la caja. No sabía hasta cuándo podría usar aquel vestido; quizá le haría caso a mi abuela y también compraría mi primer par de medias. Tal vez también compraría un nuevo bolso y le llamaría a mi amigo para que me ayudara a escogerlo. En los bolsillos llevaría el vacío, y en mi bolso el mundo entero.
Salí del probador.
Por Jovana Hernández – @plumas.de.ganso