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Saludos desde Yautepec

Tania Carrera y Jesús Sabino

A mi Yautepec le digo “Bacacho y desamor” porque de algo no me queda duda: la gente aquí se sabe divertir y muchas veces se divierte sufriendo. Los enredos amorosos suelen ser drama fino, derrames totales entre el tintineo de los hielos, destino y traición que encuentran su cuna en el gran carnaval, cuando todos tenemos permiso de ponernos una peda de cuatro días en plena calle. Cuando digo todos, me refiero a todos. Toca bailar con ese diablo que el resto del año deja amarradas las cruces de pericón en las puertas de la casa. Bacacho y desamor se dice mi Yautepec, y una que otra caguama. O uno que otro cartón. Y aquella me cae mal pero que no nos toquen el Chinelo porque de aquí no me sacan o más bien ni por mi madrecita que me guardo antes del lunes.

¡Ya métanse!—gritaba mi madre cuando ya era hora de dormir y tocaba dejar para otro día el montoncito de historias de terror. Justo a esas horas mi padre salía a comprar la leche (o qué se yo) y se le atravesaba la bohemia con los hijos de Doña Sarita. Grandes maestros de la serenata. Bacacho y desamor se dice mi Yautepec. Y recuerdo que se iban turnando las esquinas y muchas veces escuché cómo los corrían en la madrugada.

Crecer en un pueblo es un juego de complicidades, una familiaridad que rebasa lo consanguíneo y hasta lo ético para colgarse de la vida misma. En un sentido muy profundo, esa complicidad a ratos tiene el poder de salvarnos de la orfandad. Es lo común que tienen los niños que salen a jugar a las escondidillas, los borrachos que se niegan a regresar a casa y las doñitas que se quedan a platicar en el mercado. Como el otro día cuando una abuelita que cargaba a su nieta me pidió que la acompañara a su casa y en el camino me contó que me conoció cuando iba en el kinder y por eso me había pedido el favor.

Decir que este lugar es alcoholismo y corazones rotos, aunque es verídico, es injusto. Hay complicidades de muchas naturalezas. Este municipio mexicano es también una ciudad pequeña que guarda muchísima correspondencia con las grandes metrópolis. La gran diferencia es que aquí todos nos conocemos o nos gusta pensar y decir que todos nos conocemos, aunque sea de vista. Yautepec es un pueblo globalizado con raíces campesinas, comerciantes de abolengo y mucha cultura viva.

Artistas locales

Cuenta el señor Ismael López, gran pintor, que acá habitan más artistas locales que en el famoso y concurrido Tepoztlán. Desconozco si lo anterior es preciso, pero cuando iba a la Pulquería “El Chinelo” —proyecto del cantante y compositor Jared Yaotl— y se llenaba de amigos que iban a cantar y a escuchar cantar a los demás, yo sentía que esa sentencia era una verdad y una fortuna para mí. Ahí conocí a Yurguen López, a Dani Álvarez y a Jesús Sabino. Los tres juntos se hacen llamar Binilo. Son literalmente unos mosqueteros que ejercen salvajemente el “todos para uno y uno para todos”. Además, son hombres de oficios: dibujan, hacen fotografía, graban y mezclan su propia música, editan sus videos, preparan helados, reparan muebles, construyen sus instrumentos y, por ejemplo, Jesús es el maestro de primaria más creativo que conozco.

El caso es que llegó la pandemia, el pulque sólo se vende para llevar y la soledad es dolorosa aun viviendo en el paraíso. Desde el aislamiento, le pasé al Yurguen una grabación caserísima de un ejercicio pop: “Sober“, de Mahalia adaptada al español. Resultó que Yur le pasó la rola y le habló de mí a sus amigos. Un par de semanas después ya la estábamos grabando con Danny en la guitarra, Yurguen en las percus y Jesús cantando conmigo. 

Creo que pertenecer es tener con quien colaborar y poder llegar caminando a su casa. Eso me enseñó “Sobria”, una producción con cero presupuesto económico, pero sobrada de capital amoroso. Hacer música en el lugar en el que crecí es una oportunidad más valiosa que cualquier coreografía de recursos. Los dejo con el trabajo de los Binilo, en complicidad la que escribe esto, Tania Carrera. Ojalá que les guste.


Tania Carrera – @tania_carrera