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#8M.“Dile a mi mamá que venga a la marcha, se haga lesbiana y deje a mi papá”

Marcha #8M

Mi mamá tiene fibromialgia, lo cual genera que sienta dolores focalizados y profundos en distintas zonas del cuerpo, así que fácilmente desiste de prácticas que requieran esfuerzo físico. La convencí de ir a marchar el #8M con un buen argumento. Pero estoy segura que decidió ir porque pensó: “si esto es importante para ella y me lo pidió, voy.”

No pude ver su rostro la mayor parte del tiempo. Sostuve sus hombros desde atrás en la fila india que hicimos con otras dos amigas y su mamá para lograr mínimos pasos en la plaza que no dejaba caminar a ninguna parte.

A veces aplaudía y si yo gritaba, ella aplaudía más fuerte, se reía de las consignas y me señalaba los carteles que le gustaban. No llevábamos ni diez minutos y se acercó a otra chica para decirle que se amarrara las agujetas: “no te vayas a caer”, le dijo. Me reí diciéndole: “sororidad de mamá”.

Mi mamá es la persona más tierna que conozco, todo le sorprende y lo descubre como si fuera nuevo. Cuando no entiende qué está pasando me pregunta, y llora cuando algo le conmueve (o si le da mucha risa). Estaba entretenida, dispuesta a abrir camino mientras intentábamos avanzar.

No me dio su opinión, sólo dijo cuando decidimos salir: “no nos van a extrañar, son muchísimas”. Y volvió a sacudir su brazo adolorido, el mismo con el que se empujaba en el metrobús para no caerse.

No sé si con todo esto ella recordó las historias que alguna vez me contó. Cuando la tocaron a los doce años en un camión y se bajó llorando y gritando. Otra vez que un tipo le recargó los genitales en la mano, otro que se abrió los pantalones frente a ella o el que empezó a caminar a su lado en un puente peatonal y entonces ella se echó a correr mientras él le gritaba “¡no te voy a hacer nada!”. En esa última mi mamá me dijo al contarme: “no me iba a esperar a que lo hiciera”.

Una parte de mí aún le reclama a mi mamá y mis tías que me dijeran “ignóralos, eso les da más coraje” cuando me enojaba de que me gritaran en la calle. Pero también puedo decir que la mayoría de las veces supe correr antes de que algo pasara.

Esta vez no corrimos cuando empezaron a romper, pintar o los gases a lo lejos hicieron que por un instante la marea de mujeres se empujara. Permanecimos tranquilas porque entre nosotras nos estábamos cuidando: ella a mí, yo a ella y miles de desconocidas nos estábamos defendiendo.

Así fuimos todas, con un profundo dolor focalizado en nuestras historias y en el cuerpo para hacer el grito más fuerte que la ciudad ha vivido. La reivindicación de todo un movimiento a favor de nosotras, de la vida, el placer, la libertad, la alegría, el amor, el cuidado y el pulso.

Porque aunque ahora dudo que mi mamá no me haya enseñado a luchar, sin duda me enseñó el valor de lo importante y por eso, a pesar del dolor, gritamos juntas.

Por la noche apagué mi celular como gesto inicial del paro. Dejé de rastrear las fotos de mis amigas, los testimonios de quienes pasaron por Bellas Artes cuando lanzaron bombas y uniendo puntos para entender por qué fue tan complicado avanzar las primeras dos horas.

Me abracé a la noche emocionada y conmovida pidiendo al futuro incierto que mi mamá siempre esté bien, que siempre volvamos a nuestras camas con la seguridad de que la otra también está a salvo. Y por un instante fue reconfortante pensar que de eso nos estamos asegurando todas.


Daniela Orlando – @danieltitlan

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