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Durango: Canciones para pertenecer a una tierra

Hay un género de música popular que me ha intrigado desde hace tiempo, tal vez por mi propia falta de arraigo: En diversos estilos musicales aparecen de vez en cuando canciones cuyo propósito es celebrar la tierra que nos sostiene: “Yo soy de un pueblo alegre”, “Canción Mixteca”, “El Sinaloense”. Pero aquello que es velado o sutil en la música regional, se manifiesta de forma declarada en la ranchera, iconizando ciudades y nombres propios: “Caminos de Michoacán”, “Guadalajara, Guadalajara”, “Camino de Guanajuato”, etcétera.

Durango no fue la excepción y en su cruce de culturas también alojó la canción ranchera. Quizás la más bella y desinteresada de todas, y la más antigua de la que tengo noticia, es “De México Hasta Durango” una canción de despedida que arrebata mi mente cada que me subo a un camión…. “Es muy larga la distancia de México hasta Durango, pero si el tren no me lleva, yo llegaré caminando”.

Y digo la más desinteresada con toda malicia, pues después de los éxitos del cine de oro mexicano, las canciones a ciudades se han vuelto una fórmula popular que algunos cantautores persiguen, y esto se puede apreciar en los ejemplos de ranchera que nutren el cancionero.

Locales vs Visitantes

La primera de ellas es “La monja se esconde” de José Ángel Espinoza “Ferrusquilla” quien era originario de Sinaloa, colindante con Durango. En la lírica, Ferusquilla tiene el tino de declararse extranjero desde las primeras líneas, y es desde el punto de vista del viajante en tierra ajena que estriba los bellos y extraños versos que dan título a la canción. “Ante el reflejo solar, como una ilusión, la monja se esconde”.[1]

Menos afortunada, desde mi punto de vista, es la canción “Soy de Durango” de Martín Urieta, quien emplaza el discurso desde la primera persona, fingiendo que quien lo canta es de hecho originario de la ciudad capital. Dicha impostación lo hace caer en lugares comunes, alabanzas y metáforas que resultan genéricas, pues pueden decirse de cualquier ciudad: “montañas y valles que no he de olvidar […] tus bellas mujeres no tienen igual”.

Quizás este atrevimiento se compensa con la evidente intertextualidad del autor, quien cita en sus versos tanto a Ferrusquilla como a la más afamada de las rancheras: “El corrido de Durango”.

Esta canción antecede a la de Urieta y Ferrusquilla, pues fue escrita en 1943. Nuevamente está emplazada en primera persona, pero a diferencia de la anterior, su autor —Miguel Ángel Gallardo— es oriundo de Durango y hecha mano de su conocimiento territorializado, profundo, para abrevar en largas estrofas que tocan pasajes y edificios emblemáticos de la ciudad.

Las canciones de Ferrusquilla, Miguel Ángel Gallardo y Martín Urieta coinciden también en la aparición de un cruento personaje.

URIETA: Estado que tiene la gloria inmortal de haber sido cuna de mi general.

FERRUSQUILLA: San Juan vio nacer a Francisco Villa, ese caudillo que fue capaz de llegar también a la silla.

GALLARDO: …y entre sus Dorados cantando “Adelita” por todas las calles lo vieron pasar.

Como buenas rancheras, el sanguinario y misógino general aparece siempre investido de aires de grandeza, elevado a monumento a través de los retratos verbales que hacen del señor. Quizás el estilo y la época en que las escribieron se los exigía. Pero por suerte, o infortunio, no acaba aquí la historia de las canciones a Durango.

El hotel Casa Blanca

En 1998, Jaime López es invitado a dar un concierto y una gira en la ciudad capital del estado. Cuenta Jaime que cuando les contaba a sus conocidxs de Chilangolandia sobre su próxima gira, una y otra vez le repetían, con el proverbial etnocentrismo (por no decir neocolonialismo) de los defeños, que para qué iba “si nadie va a Durango”.

Esto fue lo que lo motivó a escribir su canción de Durango, pero aunque alguna influencia tendrá de su coterráneo Cuco Sánchez, en realidad la ranchera no es ni su estilo ni su devoción. Rupestre de juventud, asentado en el Defectuoso, Jaime tiene por modelo a otro señor que de hecho escribió otra canción a Durango… nada mas ni menos que el premio nobel de literatura Bob Dylan.

Cuenta la leyenda que Durango fue tierra de cine. Aquí se grabaron múltiples películas del western y hasta John Wayne se compró una finca, con su propio cañón y montañas, donde aún hoy se ruedan películas y series de Netflix. Esos flujos de la industria cinematográfica hicieron a Dylan llegar hasta el hotel Casa Blanca, donde, según la leyenda, al estar ahí hospedado, precisamente en una de sus cómodas, escribió “Romance en Durango”.

¡Una canción aún más desubicada que la de Urieta! Pues el premio nobel no tuvo ningún reparo en exotizar a toda la región con una mirada francamente… pues… racista. Habla de fandangos, de ruinas aztecas, corridas de toros, forajidos, caballos y duelos. Sin duda el Durango que él habita es el Durango de una película, con poco o nada de relación con la materialidad real de sus rincones, y la cotidianidad de su gente. Y quizás el fandango llegó hasta esa inventada región no por alucinar Veracruz en el norte, sino por una afinidad estrictamente fonética, porque Durango no es palabra fácil para una rima perfecta en nuestro idioma español.

¿Ir o no ir?

Pero volvamos a Jaime López. Cuenta que, estando sentado en el lobby del Hotel Casa Blanca, de pronto vio una jirafa cruzar la calle por el vano de la puerta. Desconcertado, le costó un momento entender que se trataba de un circo que llegaba a la ciudad, hipótesis que se reforzó al ver detrás a un elefante.

Ahí nace la semilla de esta nueva canción a Durango, la más cruel de todas, pues busca dar respuesta a la pregunta ¿por qué nadie va a Durango? Esgrimiendo argumentos alucinantes entre los que destaca la Jirafa, la partida de John Wayne, la falta de fiebre gambusina y la poca circulación que ya nos merece un tal Arango.

La verdad es que “no es cierto que nadie va a Durango”, como respondió 20 años después Lázaro Cristóbal Comala, el último cantautor de esta cadena de canciones que ha llegado hasta mí. A Lázaro, nacido en la tierra de los alacranes, no le da la gana ser feliz, pero sí responder a la pregunta de Jaime López desde la legitimidad de haber crecido en este corazón geográfico, y desde el deseo de reformular los imaginarios coloniales que organizan nuestro mundo.

“Atentos, que estamos buscando lejos lo que siempre estuvo adentro

Atentos, que la respuesta se dio en este viento”

Ojalá aprendamos esa lección no sólo en Durango, sino en todo país de subalternos postcoloniales, para alejarnos de Hollywood, de sus modelos y tótems ajenos que tanto acomplejamiento nos han granjeado.


“Dejemos, chiavos, de esperar por foráneos

El pedo no es quién viene, sino quiénes vamos

Profetas vuelvan, hay lugar, esta tierra ya ha helechado

Y más allá del agua se encuentra Durango.”

Los que seguimos cantando a Durango

¿Cuantos fantasmas no trajimos a Durango, propios y ajenos, que no son sino proyecciones de nosotros mismos inspiradas en sus atardeceres y nubes? ¿Cuántas canciones más elevarán su rango?

Es un gesto arriesgado escribir de una tierra a la cual no perteneces y yo también he caído en la trampa. Hace tiempo que dejó de avergonzarme la autopromoción. Este equinoccio de la primavera, a medio día, se estrena mi “Canción de Durango”.

En 2019, recibí en Durango el premio José Revueltas de novela. En vísperas de mi visita, la actriz y bailarina Melissa Zaragoza me refirió todas estas leyendas. Sería alojado en el Hotel Casa Blanca donde Dylan, Jaime López y Lázaro Comala escribieron a Durango. Me sentí conminado, e hice un canto más para sumar a este nuevo género musical que refracta las simbologías y destellos de la perla del Guadiana. El 21 de marzo del 2022, al punto de las 10:30 en Buen día, gorilas!!!, nos reuniremos Jaime López, Lázaro Comala y un servidor a platicar sobre el origen de nuestras canciones y la relación que guardan entre ellas. Bob Dylan también está invitado pero no ha respondido los mensajes de IG.

Quizás un territorio precisa ser mirado desde adentro y desde afuera y esto le suma significados. Quizás líneas atrás he sido muy severo con los foráneos letristas, y el arrobamiento que nos ha llevado a escribir canciones para Durango no sea lucro ni burla ni extractivismo, sino un pedimento: que se nos conceda volver y habitarla, y compartir sus diosxs y leyendas. Que se nos conceda tener derecho de adopción en esta geografía que por sus cielos, por sus leyendas y por lxs artistas que la habitan es todo un manantial de ensoñaciones, imaginarios y futuros.


[1] Esta línea refiere a una leyenda de una mujer que buscando esconder su embarazo ingresa de monja y se esconde en los pasillos de la catedral a espera de que regrese su amado: un soldado francés, que juró volver. Cabe señalar que la monja de la leyenda se llama Beatriz, al igual que la mujer que aparece en los versos de “México Hasta Durango”. ¿Coincidencia?


David Cristian Saldaña – @DiegoCSaldana

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