TODO MENOS MIEDO

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Parar con harta vocación de alegría

Paro de mujeres

Para Sofía y todas las compañeras

Mi nana dice:

Abre sus caminos, para que no tropiece, para que no caiga. Que la piedra no se vuelva en su contra y la golpee. Que no salte la alimaña para morderla. Que el relámpago no enrojezca el techo que la ampare. […]

Apiádate de sus ojos. Que no miren como miran a su alrededor los ojos del ave de rapiña.

Apiádate de sus manos. Que no las cierre el tigre sobre su presa. Que las abra para dar lo que posee. Que las abra para recibir lo que necesita.

Apiádate de su lengua. Que no suelte amenazas como suelta chispas el cuchillo cuando su filo choca contra otro filo.

Purifica sus entrañas para que de ellas broten los actos no como la hierba rastrera, sino como los árboles grandes que sombrean y dan fruto.

Rosario Castellanos, Balún Canan.

En el agua clara hay un lindo pato,

la que se mueva se quita el zapato.

Ronda infantil “En la cafetera”.

Enciendo la marcha del auto rumbo a la escuela, van conmigo, Eliseo y Sofía, quien pregunta, con su hermosa, esponjada, rebelde y rizada melena, con sus negros, enormes, redondos, chispeantes profundos ojos: ¿vamos a parar el 9 de marzo? Sonrío, Eliseo sonríe, los hoyuelos de Sofita se reflejan en el rostro de su hermano y el mío. Claro que vamos a parar Sofita. Estamos pidiendo parar desde Ocotlán, desde Aztlán, desde hace mucho, siglos desde que trajeron negros como esclavos a este continente, desde la Conquista, desde la abuela Ocotito que parió a Lupe y a otras dos hijas que se vinieron de trabajadoras domésticas, pilmamas y cocineras a la ciudad, dejando la lengua y la querencia; sí, estamos imaginado parar desde que Lupe Lupita de lunes a sábado cuidaba, limpiaba y procuraba ajeno para repartirse los domingos entre siete hijos siete en dos internados a las afueras del D. F. en los años cincuenta. Estamos pidiendo parar desde que a Aurora le quitaron a Moisés, su primogénito, porque se volvió a casar después de enviudar y quedar pobre. Sí, estamos pidiendo parar desde que Carmen aleccionaba a sus comadres para que no se dejaran de los abusones de sus maridos, ni de sus hijos, ni de nadie; desde que Carmen nos dijo que tuviéramos nuestro dinerito, que viajemos: “no te cases”, en sobremesa, nos decía. Sí, estamos soñando con parar desde que la maestra Carmelita en el kínder nos enseñaba a escribir, leer, sumar y restar a escondidas de las autoridades y le puso esa salecita subversiva a la escritura y a aprender cosas a escondidas. Mira que hemos masticado esa idea de parar desde que en la Secundaria 38 Gloriosa Triunfante Juvenil nos cuidábamos las faldas de las manchas de menstruación y nos alentábamos loqueras, rappers y aires de grandeza con periódicos murales por la paz y la justicia. Sí, estamos parando desde la marcha del 7 de enero de 1994 donde leímos la Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas y comprendimos que en el campo y en la ciudad la lucha sigue. Pararemos ahora, porque también proyecté parar cuando nos dijeron en la facultad de arquitectura que era difícil que las arquitectas tuvieran obra y nombre porque no sabían mandar ni aguantar a los albañiles. Sí, estamos queriendo parar desde que nos enteramos que los hijos de las madres en condiciones de pobreza y analfabetismo son más vulnerables a todas las condiciones de violencia y exclusión. Sí, hemos asumido el paro desde que nos dimos cuenta con Paula y Sisi que el trabajo de las mujeres que escriben no es reconocido por una serie de ideas misóginas presentes en los imaginarios de hombres y mujeres, la misoginia no tiene género es importante saberlo, tampoco el racismo ni el clasismo: por eso #RopaSucia en tendederos. Sí, estoy planeando parar desde que reclamé el derecho a decidir sobre mi cuerpo en todo momento, igual que mi madre y mis tías que se acompañaron verdes con uno de los doctores más apreciado de la colonia El Triunfo, Iztapalapa. Sí, andamos cantando esto de parar desde que lloramos mucho cuando se murió Rita Guerrero, en parte por un sistema de salud que no está procurando ni previniendo las enfermedades de las mujeres. Andamos parando, Sofita, desde que nos dimos cuenta de la urgencia de regresar a los montes y a los cerros con las tías a Santiago Tianguistenco, Gualupita, Felipe Ángeles, a caminar entre las milpas y ver correr al Centavo y echarnos en la paja. Sí, Sofita, deliberadamente vamos a parar para que se llenen las calles de nuevo, de chamacos y chamacas jugando a las tráis, las escondidas, bote pateado y ponernos a cantar y a bailar aquella ronda surrealista que nos enseñó a la tía Paty, con tanto quebradero de cintura:

En la cafetera hay café Legal.

Me gusta lavar mi ropa, chiquita pero me queda.

A la crin crin crin, a la cron cron cron.

¡Ay, mamá, qué bien te ves, con ese vestido que traes al revés!

Tu má, tu má, tu ma, tu máquina de coser; la tú, la tú, la tú, la tuve que componer.

En el agua clara hay un lindo pato,

y el que se mueva se quita el zapato.

Porque jugando aprendimos a parar a quedarnos como estatuas, como esporas, paramos para germinar, Sofita. Nos detenemos en las casas, en las calles, en las oficinas, en los campos, en los pueblos, en las fábricas. Sí, andamos queriendo parar desde que nos dimos cuenta de lo que cuesta llevar tantas jornadas a cuesta —la remunerada, la doméstica, la de cuidados, la creativa y la activista— y no enloquecer; aunque tenemos claro que a veces enloquezco y me equivoco; intento que no, tanteo formas, a veces me sale, a veces no; fluyo en mi humana dimensión falible: por eso he cavilado tanto parar, para paciente y amorosamente restaurarme de tantas chingaderas propias y ajenas: porque también hemos debido parar cuando nos dimos cuenta de que nuestros consumos no son sino una proyección de un mundo altamente mercantilizado que provoca competencia e individualismos. Y hemos parado en cada genocidio Aguas Blancas, Acteal, Ayotzinapa y hemos parado para reconocer que las personas que cuidan más allá de sus individualidades se encuentran en terrible peligro, como Homero Goméz, Guadalupe Campanur o Samir Flores y más activistas medioambientales que han sido asesinados por defender bosques y territorios de compañías extractivistas. Paramos porque tenemos presente la tragedia de la guardería subrogada ABC a donde hijos de trabajadores perdieron la vida o la salud en un incendio y tú estuviste en una guardería subrogada, sabes. Contundentemente, se debe parar por cada uno de los asesinatos cometidos contra Fátima Cecilia, Ingrid Escamilla, Isabel Cabanillas y contra cada una de las dos mil ochocientas tres mujeres asesinadas en 2019, y las miles de 2018 y las miles antes desde antes desde hace siglos; así hemos ponderado desde siempre, desde antes, desde ahora, desde que llegaste y te pregunté cómo te fue de viaje cuando naciste en la clínica del Seguro Social, en plena contingencia de influenza. Pararemos, nos quedaremos como esporas, porque aquilatamos que los movimientos y los cambios no son de un día ni de una generación; ahora mismo, has hecho cuentas de que asistí a mi primera marcha a los 17 años; y que a ti te llevamos, cuando tenías dos; pero recuerdas que tu primera marcha del orgullo fue hace tres años, cuando tenías 6. Sofita, concebimos que parar es un acto combativo y profundo, que está brotando de las entrañas de la tierra; hay algo en ese brote de salvaje, ancestral e irreductible que no es mercantilizable, que no puede ser acaparado por grupos privilegiados: es fuerza pura reunida y contenida de lo más telúrico y vital que tenemos: es fuerza de barrio, de alzades de insumises que busca restauraciones, límites, compasión, justicia y digna rabia: florece de trabajos y de palabras sembrados por todas partes desde lo más profundo de la historia, es energía que fluye de amamantamientos, semillas y esporas que se abren surcos y germinan. Porque es hora de hacer espacio y ver crecer otras formas y árboles y enredaderas que den sombra, cobijo y alimento, Sofía, por eso pararemos. Porque en tus ojos y en los hoyuelos de tu rostro hay esperanza y harta combatividad y rebeldía amada; además, muy en nuestro fuero interno, asumimos que los ajustes necesarios se están gestando dentro de nosotras que nos advertimos capaces y valientes, que nos estamos preparando confiada y pausadamente: construimos diques, presas, solventamos cañerías: edificamos casas, sembramos jardines, diseñamos alamedas, sembramos milpas, planificamos espacios de bienestar de compañías y crecimiento: atendemos y escuchamos las palabras que nos alientan y dejamos pasar las que lastiman, las que raspan y cortan, se resbalan: suavizamos nuestra voz y susurramos la canción de cuna de Ocotito, Macochi, Drume drume negrita: cantamos y contoneamos capullito de alhelí, ojos negros, piel canela, m’ija: aquí decimos de esperanza: afirmamos, rechazamos, negamos, solicitamos, otorgamos; reconocemos lo que necesitamos y escuchamos a lo que se nos pide, filosofamos, ponderamos, agradecemos, renunciamos: y ahora, a nosotras mismas nos cuidamos, fortaleciendo y nutriendo nuestros cuerpos para que puedan cuando se requiera parar, huir y defenderse. Para que se nos escuche cuando digamos, para ocupar dignamente los espacios.

Por eso, Sofi y Eliseo, marcharemos y pararemos sin pedir permiso. Vamos a parar con harta vocación de alegría combativa y cantaremos rondas como cuando estábamos —ustedes hace menos—chiquitos:

Tu má, tu má, tu ma, tu máquina de coser; la tú, la tú, la tú, la tuve que componer.

En el agua clara hay un lindo pato

Y el que se mueva se quita el zapato.

San Andrés Tetepilco, Iztapalapa, 6 de marzo de 2020.

Maricela Guerrero@papelcontante