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Episodio 2

Ep. 2. El techo de cristal y el piso pegajoso

Duración: 52:52

Transmitido en:

Decir Desigualdad

Agradecemos al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes el apoyo proporcionado para la realización de este programa.

ESCUCHA EP. 2. EL TECHO DE CRISTAL Y EL PISO PEGAJOSO

Presentación

por Mónica Moreno – @moni_morenob

¿Por qué es tan importante hablar de desigualdad de género? ¿Somos las mujeres las eternas perdedoras en un mundo desigual?

Crecí rodeada de mujeres, mis hermanas, mi madre y mi nana. Jovita. Una señora que además había cuidado a mi madre desde pequeña. Recuerdo una tarde, mientras ella planchaba le pregunté muy seriamente a qué universidad de muchachas había ido porque yo había tomado la ferviente decisión de ser muchacha de grande. Jovita se rió, no me contestó la pregunta, no me iluminó sobre el hecho que limpiar una casa no se enseñaba en la universidad, en su lugar, me decía que mejor estudiara algo más. Yo neceaba. Un poco más grande una de mis abuelas me regaló una máquina de escribir, un nuevo mundo profesional se abría ante mis ojos: yo sería secretaria.

Si mi vida fuera una línea del tiempo desde el momento de mi concepción, se podría decir que a los seis meses yo ya había hecho mi primer viaje transatlántico. Había cruzado el océano adentro del líquido amniótico que me envolvía. Todo con un objetivo, la mitad de mi familia, habitantes de un pequeño país denominado Suiza, y a menudo confundido con Suecia, estaban ansiosos por conocer a mi hermana grande. Por si lo sospechaban, sí, soy güera.

Toda la primera etapa de mi vida se desarrolló en medio de privilegios, hablo tres idiomas, fui a una escuela privada, viajaba cada dos años a Suiza patrocinada por mis abuelos y parecía que de alguna forma, la burbuja protectora que crearon sobre su hija alcanzaba la segunda generación. Pero mi mamá había hecho suficiente por romper con eso.

A los quince, en medio de la crisis económica que atravesábamos mi mamá nos explicó que ya no vendría nadie a limpiar la casa y que por ende nosotros tendríamos que hacerlo. Nos enseñó cómo poner una lavadora y nos dijo que ese era el último día que ella ponía una que no tuviera su ropa (aunque ahora muchos años después a veces nos consiente) y se empeñó constantemente en enseñarnos a contextualizar las cosas.

A momentos me gustaría regresar y entender la lógica de esa niña, que me cuentan a los tres años su juego favorito era leer el diccionario o que a los cinco le preguntó a su madre si los pobres existían en la otra vida.

Como a todos los niños, la economía era algo difícil de entender. Sin embargo, un día en el súper con mi papá pasamos a comprar pan, no sabría lo difícil que sería corretearlo más tarde. Miré el precio, 20 centavos, el impacto fue tan grande que pregunté si estaba bien, en mi cabeza con veinte pesos podía entonces sustentarme sola.

Imagen: Gonzalo Fontano

Lo que puedo decir sobre la manera en la que crecí es que siempre entendí profundamente la diferencia que en este mundo significaba ser mujer o ser hombre. Crecí impulsada a tener una carrera profesional no como hobby sino como sustento, escuchando anécdotas de amigas de mi abuela que decían que nunca pudieron dejar a su marido porque no tenían forma de sostenerse. Aprendí a hacerme consciente de mis privilegios y con ello aprender a ver la falta de ellos a mi alrededor.

Cuando reflexiono las tres generaciones de mujeres de mi familia del lado de mi mamá me doy cuenta que mi abuela vivió un trauma al llegar a vivir a México, fue muy fuerte el contraste entre sus expectativas y su realidad, y por ello creo una burbuja en la que creció mi madre en la que nada se le negaba, todo lo podía elegir. Cuando esa ilusión termina para mi madre es tal su shock que decide hacer lo contrario con nosotros. Me pregunto qué haré yo con mis hijas, si es que algún día tengo hijas.

Recuerdo un día pelearme a gritos con mi papá cuando me decía que no podía regresarme de las fiestas con mis amigos en metro porque como mujer corría muchos más riesgos. Mi única manera de liberar mi enojo fue gritarle por qué me había hecho mujer. De acuerdo a mis recuerdos había sido su culpa, él siempre quiso hijas.

Fui una hija protegida, una nieta consentida, una alumna aplicada, soy rubia en un país profundamente racista. Ahora soy una joven emprendedora, al mismo tiempo que mantengo un empleo precarizado. Una vez a la semana uso el micrófono de un medio para hablar de lo que quiero. Mi vida es privilegiada. Pero a pesar de todos los privilegios que tengo, el mundo parece decirme todo el tiempo que la barrera más importante es que soy mujer.

Escuchamos el testimonio de dos abuelas, dos madres y dos hijas. Tres generaciones de trabjo, lucha, estudio, logros, pero también de discriminación e injusticia, de eso que han decidido que sea la realidad.

Queda un largo camino por recorrer para que las mujeres tengamos derechos plenos. Hay demasiados frentes abiertos. Pero es una batalla que no nos podemos dar el lujo de seguir perdiendo.

Ep. 2. El techo de cristal y el piso pegajoso

Créditos

  • Idea original: Óscar Suárez Alemán, Diego Castañeda Garza y Martí Gil Bartomeu.
  • Investigación y guión: Gabriela Astorga y Mónica Moreno.
  • Producción y edición: Gabriela Astorga, Mónica Moreno y Sebastian Morales.
  • Locución: Mónica Moreno.
  • Testimonios: Catherine Bayard, Monique Bayard, Yolanda Cruz Osorio, Francisca Medina Reyes y Lourdes Adriana Ramírez.
  • Entrevista: Sandra Aguilar Gómez.
  • Diseño gráfico: Gonzalo Fontano.
  • Programación: Holkan Luna.