por Óscar Muciño
@opmucino
Existen muchísimas advertencias a los niños para no se masturben, para que no se exploren: que te salen pelos en las manos, que te vas a quedar loco, que te vas a quedar enano. También hay muchas expresiones para ocultar el acto del onanismo: visitar a manuela, ir a palma cinco, jalarle el cuello al ganso, lavar la ropa a mano, hacerse justicia por mano propia. Si hay tanta parafernalia alrededor del acto de la masturbación es porque es una práctica que ha existido siempre, y por ello ha ido acumulando imaginario y léxico.
De pequeño cuando veía películas, series o simplemente leía sobre acercamientos eróticos una punzada entre las piernas era inevitable, ni siquiera era que hubiera un deseo sexual, algo se despertaba, algo comenzaba a bullir; si a esto se añaden las reacciones de los adultos alrededor, había un contexto que hacía imaginar que entre lo prohibido y lo placentero había algo, de esas veces cuando el contexto que ves se corresponde con algo que ocurre en tu cuerpo.
Más adelante cuando se crece y comienza la mentada edad de la punzada uno conoce que existe la masturbación, estimular el pito erecto para llegar a un punto de desahogo. Pensemos que hay un momento en que uno no reconoce el final del acto, pero se intuye, uno se ha restregado los genitales en varios lados cuando se siente excitado, pero sin hacerlo en forma, como cuando fumas pero no le das el golpe al cigarro.
Los dos primeros años de mi secundaria transcurrieron en un grupo conformado solamente por varones. Como pueden imaginar había efervescencia sexual y un amplio desparpajo al hablar de las exploraciones corporales. Varios de mis compañeros ya se habían tejido su priera chaqueta, pero yo me mantenía al margen, las razones no las recuerdo, tal vez consejo de las pláticas con los padres, tal vez alguna clase de biología, el punto es que me mantenía a raya; y mis compañeros sabían de ello. Algunos que ya lo habían hecho decían que dejarían la práctica porque “sí querían satisfacer a sus esposas” (sic).
Fue en una clase de educación sexual en la que nos pidieron que escribiéramos preguntas de forma anónima, una decía ¿Todos se masturban por qué yo no?, uno de mis compañeros tuvo a bien decir que yo la había hecho, provocando la risa de todo el salón. La fragilidad adolescente me llevó a decirme, por qué chingados no lo hago.
No sé si pasaron muchos días o fue esa misma noche cuando en mi cuarto decidí remediar una erección que me afloraba, no había estímulos alrededor más allá de los que imaginaba, seguro a una de las compañeras que conocía, no había gemidos, no había ninguna chica de fondo diciendo “harder, harder”. Estaba yo de pie, me saqué la verga y comencé a masajearla, de arriba a abajo.
Cuando tomas alcohol por primera vez un hormigueo raro recorre el rostro, cuando fumas mariguana siente cómo los ojos se hacen pequeños y te llenas de sensibilidad, cuando comes un ácido una serie de espasmos y escalofríos te recorren, cuando fumas tabaco a tu cuerpo llega una languidez. Varias dosis de esas reacciones sentí esa vez cuando terminé, una escala de sensaciones que llegan a un punto en el que aparece un escalofrío que recorrió mi espalda, las piernas se debilitaron, hubo un calor en todo el rostro y todo acompañado de una sensación muy placentera.
Hubo una gran sorpresa en mí, un descubrimiento de variadas posibilidades y comenzó un hábito, de esos que te acompañarán siempre, como el cigarro. Ya después se descubre que el acto es más placentero cuando va acompañado de una mano ajena, pero eso ya sería materia de otro texto.
 

En vivo