Por Patricia Arredondo
@PatychadelMal
Para muchos, hablar de ballet es remitirse a zapatillas de puntas, vestidos de tul, leotardos y El lago de los cisnes. Gloria Conteras, maestra, bailarina y coreógrafa mexicana, quien falleció el 25 de noviembre del 2015, decidió que el ballet no podía ser sólo eso, porque el arte, cualquiera que éste sea, está obligado a ser reflejo de su tiempo.
Nacida en México el 15 de noviembre de 1934, María del Carmen Gloria Contreras Röniger comenzó en la danza clásica siendo niña y a los 16 años ya formaba parte de la Compañía de Madame Nelsy Dambré. Unos años más tarde se dirigió a Canadá y luego, a Nueva York, donde formó la Compañía México Lindo, que después cambió su nombre a The Gloria Contreras Dance Company. Ingresó al American Ballet School y luego de unos años de formación, regresó a México para fundar el Taller Coreográfico, en 1970.
La idea de Gloria siempre fue utilizar la técnica de la danza clásica para contar historias más reales y humanas que las que se ven en los ballets tradicionales. Pero el primer obstáculo que encontró al regresar a México fue la ausencia de bailarines dispuestos a dejar atrás las estructuras y los cánones de las escuelas de danza.

Si quería contar sus historias a su modo, tenía que volver accesible el ballet y bajarlo del incómodo pedestal en el que se encontraba. Para ello, era necesario desmitificar la idea del bailarín etéreo; los cuerpos, efectivamente, tenían que ser perfectos, pero eso no significaba que tuvieran que ser sometidos, sino buscar la perfección a través de las formas y la expresividad, sin dejar de lado la técnica. Por eso es común que entre los bailarines del Taller Coreográfico se encuentren torsos más gruesos, medidas más amplias, bustos y caderas anchos, a diferencia de otras compañías mexicanas que se empeñan en conservar los estándares rusos o ingleses, muy alejados de la realidad de los cuerpos latinos. El entrenamiento tenía que ser duro pero humano; por eso las bailarinas podían ser madres y seguir teniendo una carrera artística, tal como la propia Gloria lo hiciera en su momento.
Contreras quería hacer ballet mexicano, no una copia mala de los ballets rusos ni una mezcla de técnicas folklóricas, haciendo uso de la técnica clásica, pero en un estilo diferente y propio, innovador y original. Una auténtica danza clásica mexicana. Las historias contadas en las coreografías de Gloria se alejaron de las hadas, los cisnes, los hechiceros y las princesas, para dar paso a personajes reales como los jóvenes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco (Integrales, 1971, música de Edgar Varése) o el toque moderno a la obra de Tchaikovsky al montar Romeo y Julieta (1993) con el conflicto Israel-Palestina. Pero también trazó coreografías en donde los cuerpos se fusionaban con la música por el simple hecho de ser, como en la Bachiana, de 1989, con música de Heitor Villa Lobos. No había pauta a seguir, sólo expresar, trasgredir, provocar.
La experimentación y las posibilidades de ejecución de los cuerpos no se limitaban a la técnica clásica ortodoxa; si era necesario, podía valerse de otras técnicas dancísticas para lograr su creación. Del mismo modo, tampoco hubo limitante en la selección musical: Bach, Mozart, Billie Holiday, Sydney Bechet, Moncayo, Silvestre Revueltas, Janis Joplin, Freddie Mercury y The Beatles. Gloria utilizó cualquier cosa que le sirviera de inspiración.
En 2013 realizó el montaje de El lago de los cisnes y La Bella Durmiente; en el primero, los movimientos de las bailarinas no son delicados como en la coreografía clásica de Marius Petipa y Lev Ivanov. Todo lo contrario: los brazos asemejan la fuerza de los cisnes, que no son animales frágiles sino fuertes y salvajes. La expresión de los rostros es severa y hasta el vestuario denota ruptura, al predominar los tonos oscuros. El segundo montaje es más tradicional en vestuario y técnica; supongo que al final, Gloria se dio la oportunidad de ser clásica, mostrando así que no era cuestión de incapacidad técnica, sino de elección.
Gloria Contreras acercó el ballet clásico a los universitarios y a la gente en general. Presentó durante 45 años, un programa diferente de manera gratuita cada semana en el Teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura, con su réplica los domingos en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario a precios populares. Fundó también, casi a la par de la compañía de danza, el Seminario del Taller Coreográfico, con el objetivo de que la gente ordinaria, sin pretensiones artísticas, se acercara a la danza clásica en su forma práctica, a través de clases en varios niveles para todas las edades, tanto de ballet como de acondicionamiento físico y de “contrología”, una serie de ejercicios de barra al piso para tener una mayor conciencia corporal (se fuese o no bailarín). Su papel como difusora de la cultura no terminó ahí: publicó algunos libros sobre la técnica del ballet y la contrología (con algunas reediciones) y ensayos sobre el taller coreográfico, además de editar el Catálogo de cada temporada del Taller, para su difusión de manera gratuita.
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Patricia Arredondo (Ciudad de México, 1978). Es bailaora y bailarina. Realizó estudios de danza clásica en el Seminario del Taller Coreográfico de la UNAM, a la par que cursó la carrera de pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras. Colaboró en la revista radiofónica Los Nietos de la Bocina (Radio STM).