El 7 de junio se acerca peligrosamente. Para algunos es la fecha en que el sistema político recibirá nuestra merecida indiferencia, para otros es de nuevo la oportunidad de ejercer un derecho que no podemos darnos el lujo de perder. No Votar o Votar, cada ciudadano tiene una postura, o debiera tenerla. Frente a la gesta electoral y todos sus vicios, NoFM mantiene una postura crítica y asume su responsabilidad como medio de comunicación para mostrar parte del sentir de la sociedad que se cuestiona el funcionamiento de nuestro sistema partidista. Por ello, del 20 de abril al 5 de junio, publicaremos una columna diaria con la postura de distintos ciudadanos. No Votar O Votar, lo invitamos a participar en este debate.
¡Y no me callo!
Por Luis Téllez-Tejeda
@pavidonavido
Quizá nunca como en el proceso electoral 2015, la privilegiada comentocracia mexicana había estado tan crispada por la decisión de anular el voto o, sencillamente, no presentarse a la casilla en la fecha convocada para ejercer y cumplir con el derecho y obligación ciudadanos de elegir a “nuestros” representantes.
Desde que el PRI cedió, en las elecciones de 2000, su sitio en Los Pinos a la “alternancia democrática” personificada por esa mezcla de Indiana Jones y Abdalá Bucaram que es Vicente Fox, las elecciones intermedias -las que sirven para renovar las caras de la Cámara de Diputados-, han generado debates en torno, a tres cuestiones puntuales: “quitarle el freno al cambio”, es decir otorgarle mayoría en el Congreso al presidente para que pudiera reformar leyes y avanzar en su proyecto empresarial de nación; el voto en blanco como protesta por el marasmo legislativo; y, en esta ocasión, votar o no votar.
Tras quince años de la mal llamada alternancia democrática, una gran parte de quienes creímos en la vía electoral como una forma para impulsar cambios legislativos que otorgaran mayor participación a la base popular, leyes que promovieran la organización social, las empresas cooperativas y otras maneras de poder ciudadano frente al aplastante poder económico de unos cuantos, el voto es un camino cerrado, una calle privada cuyo salvoconducto de entrada y salida se otorga en las cúpulas de partidos que sirven al poder económico.
La indefensión de la ciudadanía frente a los poderes fácticos -el capital y el narcotráfico, básicamente- ha quedado más que manifiesta en docenas de hechos que muestran que los mexicanos no somos el principal interés de nuestros gobernantes, basten algunos negros botones de ejemplo: Atenco, Casino Royal, Pasta de Conchos, Castaños,Villas de Salvárcar, San Fernando, Guardería ABC, Ayotzinapa…
Casos todos en los que el Estado, por acción u omisión ha dado fe del lado del que juega, y no, no es del lado de la justicia para sus ciudadanos. Ya sea por falta de previsión laboral, ya por criminalización de las víctimas, ya por racismo y persecución migratoria, ya por encubrimiento al ejército, ya por encontrarse coludido absolutamente con el narcotráfico, el estado no pudo, o no quiso, actuar para salvaguardar los derechos de sus ciudadanos (o sus futuros ciudadanos) e impartir justicia.
No hablo del Estado como una abstracción, sino de las instituciones que lo conforman y que a su vez están integradas por personas, en quienes debió haber caído la responsabilidad -lo reitero, por acción u omisión- de los hechos mencionados.
Ahí el quiebre que obliga a la pregunta, ¿votar o no votar el próximo domingo?
El Estado ha fallado a los mexicanos, ha roto el pacto social y ha permitido que su estructura toda se oxide de corrupción e intereses particulares.
Los partidos -los viejos y los nuevos creados con esquirlas de los viejos- son sólo la nómina legal de lo ilegal, el legislativo avala las irregularidades del ejecutivo. Cada clientela partidista representa la corrupción y el abuso de la fuerza de trabajo -y electoral- de grupos vulnerables, pocas veces como en este proceso se había hecho tan evidente la necesidad de los partidos por su “voto duro”, que por otro lado, difícilmente se rompería con un movimiento anulista.
Presentarse a las urnas este domingo, es darle fuerza a ese sistema. La elección del domingo, sin embargo, nos obliga a pensar en nuevas formas de organizarnos, en la necesidad ser solidarios con las luchas de nuestros iguales -porque sí, los maestros, los jornaleros de San Quintín, los jóvenes excluidos de la educación superior, los migrantes centroamericanos, las obreras de las maquiladoras, son nuestros iguales- y en un nuevo pacto social.
Por eso no votaré para diputados federales.
Y no votaré tampoco para elegir ayuntamiento. Me toca votar en Tlalnepantla, bastión un trienio del PRI, luego uno del PAN y luego dos del PRI… Para que ganara la oposición tendría que votar por el PAN (que va en coalición con el PT -orgullosamente de izquierda-) y por la derecha ni aunque sea diestro; si me remontara a mi antigua militancia, tendría que votar por la candidata del PRD , que ya fue edil del municipio, postulada por ¡El PAN!.
Pero eso sí, tampoco me callo.
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Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) Es poeta, cronista y editor. Tiene estudios de licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente imparte un taller de creación literaria en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, realiza crítica e investigación sobre literatura infantil y asesora diversos proyectos de gestión cultural y de promoción de la lectura.