Por Erika Arroyo
@WooWooRancher
Un niño patea una pelota de futbol contra la pared, sus pantalones acampanados absorben como popotes el agua de un charco al rozar el suelo gris. En la entrada del callejón, la actividad incesante de la ciudad hace acto de presencia entre claxons y bolsas del supermercado.
Una pareja ha creído encontrar un oasis del placer detrás de unos botes de basura.
A la distancia, la sirena de una patrulla se queja.
Bienvenidos a Londres, un 8 de septiembre de 1972.
Al pie de la columna de Nelson, los solitarios se sientan a contar infinitos en las palmas de sus manos.
Un grupo de orientales sonríe a su reflejo en el ventanal de una casa sobre Trafalgar Square. Sus ojos rasgados se prolongan al extender las comisuras de sus labios para abarcar lo que se aprecia como un mágico momento de felicidad incomprensible y a primera vista tan estúpido que enternece. Un auto acelera muy cerca de la acera salpicando sus espaldas.
Cada esquina es un escaparate, cada rincón es un jardín, el viento eructa en la cara de quienes caminan por las tardes.
Una mujer llora mientras mastica un pedazo de pescado envuelto en papel. Alguien ha encendido el interruptor de la lluvia. Otra vez.
Londres 8 de septiembre de 1972
Querida Ma. Luisa, estoy muy feliz y los recuerdo con cariño. El viaje
fue estupendo y Londres me ha gustado más que en mi visita anterior.
Besos a todos.
Ma. Teresa
La gente huele a perro mojado pero mantiene esa belleza idealizada en las revistas de moda. María Teresa bebe un té de bolsita en una cafetería vieja. Hidrata esa caligrafía que tantas estrellas que colocó en su frente cuando era niña. Que se entere María Luis, que se entere de lo que ve a través de sus lentes de fondo de botella alcanza a ver.
Una imagen del río Támesis con ese azul profundo -¿o será verde esmeralda?-, que no se ha podido apreciar por la maldita depresión espiritual en la que vive esta ciudad. Ah, pero qué chulada de depresión, porque para deprimirse hay lugares…Y ganas de tapizarse la cabeza con aspiraciones.
Con su suéter rojo en el brazo y la mirada en un horizonte inmutable, María Teresa agita su mano derecha para decir adiós a quienes vamos en lancha sin saber muy bien a dónde.
