Por David Thomson
Traducción Gabriela Astorga
Para 1926, Louis B. Mayer era el Jefe en la Costa Oeste de la Metro-Goldwyn-Mayer, y empezaba a asumir que Los Ángeles era su ciudad. Tenía una educación limitada, pero poseía un sentido de la economía digna de sobrevivientes: en algún momento fue un empobrecido niño escapando de Rusia, y ahora era probablemente el hombre mejor pagado de Estados Unidos. Sabía qué era lo preferible. Además, su esposa y sus hijas adolescentes creían merecer una nueva y bonita casa que mostrara su status. ¿Por qué no un lugar en Santa Mónica, donde vivía la crema y nata?
El Sr. Mayer era un solucionador de problemas: pensó en rentar, pero prefería construir. Le sugirieron que, para construir una casa apropiada, necesitaba arquitectos, planos y mucho tiempo. Según su hija Irene, él no estuvo de acuerdo: “Cuando necesitamos un set en el estudio, lo construimos de un día para otro. Si necesitamos un pueblo grande, lo construimos en semanas. No hay que estar a merced de los contratistas, ni empezar con los arquitectos. Con nosotros cuando son negocios, se resuelve. Hablaremos con gente del estudio, si puede estar hecha para el verano, tendremos casa en la playa.”

Y ¡acción! Estaba hecho. El jefe de diseño del estudio, Cedric Gibbons, dibujó algunos planos, y el jefe de producción, Joe Cohn, organizó un calendario para construir la casa en seis semanas. Para ello, necesitaban tres turnos de trabajadores al día, laborando tiempo completo. “¿Puede hacerse?”, preguntó el Sr. Mayer. “Se puede”, dijo Cohn. Pero había un detalle: los estudios acababan de firmar un acuerdo con el sindicato que protegía a los trabajadores (pronto conocido como la Alianza Internacional de Empleados de los Escenarios Teatrales). Esos tipos tenían cuotas salariales seguras, con tiempos extra incluidos. Así que, si la construía el estudio, esa casa iba a costar. Entonces Cohn sugirió usar a algunos habilidosos trabajadores del estudio y contratar mano de obra barata por fuera. La casa estaba lista para ocuparse en la primavera de 1926. Era un palacio.
Pero el Sr. Mayer estaba preocupado. Hasta este muy práctico ejemplo, nunca se había dado cuenta del trato que había hecho con esos carpinteros, pintores, electricistas, etcétera. Empezó a temer el día en que a esa otra gente –los llamados talento: actores, directores, y los peores de todos, los escritores– se les metiera en la cabeza la idea de un sindicato.
El negocio de las películas estaba marchando bastante bien. El dinero venía de los bancos del Este, para construir los estudios y firmar contratos con el talento. Por salarios de miedo, esa gente hermosa hacía lo que le ordenaran. Cuando las películas se hacían y salían al mercado, las ganancias pertenecían al estudio. Pero sólo imaginen que esos bastardos se organizaran, con los malvados escritores a la cabeza. Algunos de ellos tenían educación e ideas radicales. Al Sr. Mayer no le gustaba pensar en ello, pero quizá le pidieran pensiones, seguro médico, y –disculpen la expresión- regalías, o parte de las ganancias.

Esto podía ser un intento de revolución, y el Sr. Mayer era uno de esos rusos que destestaba las revoluciones. Así que juntó a un par de amigos y les dijo que necesitaba una fórmula para hacer innecesarios los sindicatos. Debía haber alguna forma de arreglar las disputas antes de que iniciaran. Y otra cosa: el negocio del cine molestaba a las buenas conciencias. Sí, amaban las películas, y a las estrellas, pero los escándalos estaban fuera de control: había niños lindos con dinero para aventar para arriba y consumiendo drogas; se habían dado un par de asesinatos. Y estaba el divorcio en 1926 de Charlie Chaplin y Lita Grey; parecía que Chaplin se la había cogido cuando era menor de edad, había tratado de someterla a un aborto, pero se habían casado y eso se olvidó. En la demanda de divorcio, Grey dijo que a Chaplin le enloquecían las cosas sucias, como el sexo oral. La mayoría de los estadounidenses no sabían qué era eso en 1926, pero si llegaban a enterarse la culpa sería de Hollywood.
Así, el Sr. Mayer y sus amigos decidieron que necesitaban una organización para manejar los problemas laborales del estudio sin tener que inmiscuirse con un sindicato, y con una operación de relaciones públicas que esparciera el mensaje de que Hollywood era un lugar maravilloso, donde se realizaban encantadoras y emocionantes historias para hacer que los amigos pasaran un buen rato.
Les gustaba el esquema y pensaron cómo llamar a esa organización. Era necesaria una palabra con clase, con historia, distinción… En unos días lo tenían resuelto: la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (Academy of Motion Picture Arts and Sciences). El toque de “artes y ciencias” fue genial porque hacía pensar que la Academia siempre había estado allí, fundada por Dios, Harvard y Albert Einstein.

En enero de 1927 tuvieron un banquete en el cual ofrecieron membresías a algunos de sus compadres. Cualquiera podía notar que era una asociación para la gente en el poder. Algunos sugirieron que hubiera premios.
Parecía ser lo suyo. Y si había premios a la mejor película, cualquiera podría ver que estaban haciendo un trabajo de calidad.
Algunos se preguntaron cómo debía lucir el premio. Cedric Gibbons supuestamente hizo un boceto sobre el mantel: un hombre apuntando una espada hacia sus pies para sostener un rollo de película. Unos años después, Margaret Herrick, bibliotecaria de la Academia, dijo: “Se parece a mi tío Oscar.”
¿Sucedió realmente así? Más o menos, y en Hollywood si el guión funciona, esa es la historia. Claro, no todo salió como el Sr. Mayer quería. Tuvo mala suerte: Estados Unidos paró en seco. El negocio del cine se amargó. Y en los años 30, los actores, escritores y directores formaron sus sindicatos y gremios, pues se dieron cuenta de que la Academia sólo era una aprobación para el sistema. Hoy en día, esos gremios tienen planes de salud y pensiones. Y regalías. El talento les ganó la partida. Pero hubo algo que no consiguieron: los derechos de autor. Si los estudios ponían el dinero, ellos se quedaban con el producto. Lo que quería decir que podían cagarse en él si querían. Nada es perfecto.

Texto publicado en Vanity Fair