Por Aldo Rosales
@AldoRosalesV
De las calles, del horizonte, llegan de pronto los peregrinos. De lejos parecen sólo una mancha multicolor, un ruido, un mar de polvo que se levantara allá a lo lejos. Luego, cuando se acercan, aquella masa informe se fragmenta y comienzan a verse rostros, sombreros, camisas de distintos colores y estandartes. Debí sospecharlo cuando vi las patrullas avanzar tan lento, delante de ellos: siempre va una patrulla cuidándolos, al frente, abriendo el tránsito como si fuera el mar, para que los hombres, los niños, las mujeres, alcancen ese otro lado del estado de México, el que colinda con el D. F. Me detengo un momento, bajo de la bicicleta para verlos.
Después de que pasan algunos, unos cuatrocientos, digamos, pasa un camión enorme, de redilas, con una manta al costado que dice, en letras negras, junto a la imagen de la virgen “Peregrinación del pueblo…”. Parece ser una guerra, y cada batallón va bien identificado; algunos se uniforman, mandan fabricar playeras con el nombre de sus arquidiócesis, de su pueblo, del hombre o la familia que los patrocina (porque a veces, no siempre, los patrocina una familia).

—Esta vez le tocó al señor Sebastián— nos comentó, hace ya años, el dueño de una tortillería, que siempre iba a platicar con mi mamá y conmigo, cuando la tarde se echaba sobre los cerros, como animal cansado, y las moscas revoloteaban sobre el cadáver de la mañana.
El señor Sebastián, a quien no conocíamos, correría ese año con los gastos de las camionetas de compañía, de los camiones, de las playeras, del desayuno antes de partir hacia la Basílica de Guadalupe. Miles de pesos (se hablaba de cien mil) invertidos en ese viaje del que, a veces, algunos no volvían: las curvas, la lentitud de la procesión, la desesperación de los vehículos que nada tenían que ver con aquello, a veces desembocaban en muertos. Un carro, desesperado por ir tras aquella masa reptante, de mil voces, intentaba rebasar y luego, al ver que un auto venía en dirección contraria, intentaba algo, quién sabe qué, y arrollaba a los peregrinos. Solía pasar.
—Este año sí va a ser a pie, el año que entra toca a caballo, y creo que el que sigue será en bicicleta —nos decía con su voz calmada, a tono con el pueblo quieto, y las manos dormitando en las bolsas de la chamarra.
El mismo viaje, la misma travesía, pero en distintos vehículos. La distancia era el enemigo a vencer, y el arma podía variar; siempre algo distinto para acuchillar el horizonte: una bicicleta, un caballo, un par de tenis que, luego de unas horas, acababan por llagar los pies.

Avanzo nuevamente, de prisa, para no tener que ir a la par de la peregrinación; como ya dije, puede ser peligroso, aunque suene a chiste. Llego al centro del pueblo y ahí, colgando del puente vehicular que nunca se inauguró, está una manta con el logo del gobierno del estado y del municipio “Bienvenidos, hermanos peregrinos, Cuautitlán los recibe con los brazos abiertos”. Un grupo numeroso, de 150, 200 hombres —no vi ninguna mujer— descansan a la sombra de los edificios; algunos, no todos, se han descalzado y reposan en las áreas verdes de una empresa.
—Pues como ustedes digan, igual y podemos ya quedarnos aquí en Cuautitlán, o si quieren avanzamos más allá, para dormir cerca de Tlalnepantla y ya mañana, tempranito, le seguimos, ora sí, hasta llegar a la Basílica.
El hombre que habla, que se dirige a un grupo de hombres con los pies sudorosos, algunos sangrantes, tiene un gafete al cuello que no alcanzo a leer. Una pequeña tienda, al lado de la calle, está llena de hombres y jóvenes que piden, casi a gritos, aguas, refrescos, pastelitos y frituras. El interrogado piensa, arruga el ceño, parece estar a punto de decir algo y entonces voltea a preguntar a un hombre más joven, que reposa en las escaleras del banco, con una estatua de la Virgen casi tamaño natural, qué opina. Este hombre tampoco parece estar seguro, se quita la gorra, se rasca la cabeza chorreante, brillosa, y presiona una ampolla en la planta del pie hasta que estalla. Dicen que esperarán al grupo que se rezagó, al que vi minutos antes, para decidir qué sigue. Un par de policías municipales salen de la tienda con cigarrillo en la boca, hacen gesto de cansancio y se sientan luego de estirarse.

—Escucha, ahí vienen –decía mi mamá cuando, en octubre, los peregrinos llegaban a Nicolás Romero, el municipio donde vivíamos.
Los cohetones parecían bengalas diurnas que se lanzaban para no dejar atrás a nadie. Un hombre, nunca supe si era el mismo cada año, animaba a los peregrinos a seguir. “Un último esfuerzo, compañeros”, gritaba en el megáfono, que siempre imaginé embadurnado de su aliento tibio, agrio, para animar a los hombres y mujeres a seguir. Como vivíamos en la esquina de una gran subida, que había que sortear para llegar a la iglesia, presenciábamos todo. Dos agentes de tránsito, o tres, detenían el flujo vehicular por hasta dos minutos para que los peregrinos, que venían por la subida, cruzaran. Parecía una carrera: mientras los agentes desahogaban el tránsito de la calle perpendicular a la subida, los hombres, mujeres, y hasta algunos niños, respiraban hondo, aflojaban los músculos y sonreían. Luego, cuando el hombre del megáfono daba la indicación, corrían tan fuerte como les era posible y llegaban al atrio de la iglesia, donde descansaban por fin. Aquello podía durar hasta una hora, o un poco más, hasta que el flujo de gente se secaba; manantial multicolor, de muchas voces y olores, que moría en el desierto del pavimento.
Por la noche salían a comer y a bañarse. A mi mamá, y a todos los que tenían un negocio, les convenía: era un día de mucha venta. A veces los peregrinos se quedaban a platicar mientras bebían sus cervezas, o refrescos. Una vez uno perdió su cartera, y mi hermano, que ayudaba a despachar, le preguntó si regresaría a su casa. No, dijo, ya estoy aquí, a ver cómo le hago. Yo creo entre todos me van a ir prestando, ya allá en la casa les pago. No estaba triste, ni preocupado. La gente que tenía un gran patio lo rentaba para dormir. Una vecina, que tenía una gran bodega, había acondicionado un pequeño baño y un par de regaderas. Diez pesos por dormir ahí, tres por usar el baño y cinco por usar la regadera. Algunos peregrinos no dormían, se pasaban la noche jugando baraja, o bebiendo; también las dos cosas al mismo tiempo. Era curioso salir a la calle y pasar por el atrio, o las callecillas al lado de la iglesia, y ver a gente durmiendo ahí, escuchar sus ronquidos, oler sus cuerpos amargos sacudiendo el aire de la noche.

Sigo avanzando, los peregrinos, y los policías, han notado que los observo. Cuando paso junto a la iglesia veo que ya todo está listo para recibirlos. No sé si aquí también, como en el otro municipio, se oficie misa para recibirlos. Hay una cartulina fosforescente en un negocio “hermano peregrino, si deseas bañarte, o usar el baño, ve a la calle…es gratis”. Como tengo tiempo, y creo reconocer la calle, me dirijo hacia allá. Es una casa lujosa, grande, que tiene, en el portón, una cartulina con el mismo tipo de letra; el mensaje de bienvenida es el mismo. Una mujer me mira, parece querer preguntarme si quiero usar el baño; tal vez cree que pertenezco a la peregrinación y que soy del grupo ciclista. Volteo la mirada y me alejo.
Al pasar por la avenida principal, veo que el tránsito está atorado. No sé si se deba a los peregrinos, porque hace años, cuando aún trabajaba en la escuela superior de turismo del IPN, una mañana el camión tardó, debido a la peregrinación, tres horas en llegar de Cuautitlán a Acueducto de Guadalupe. El puente estaba lleno, también las calles: una peregrinación alterna, involuntaria.

Veo que algunas casas también se han convertido en baños públicos, en refugios; me recuerda a las posadas, ese otro peregrinar. Entren, santos peregrinos, dice la cantaleta. Decido regresar por el otro lado, donde están las vías, no por la avenida principal. Ha llegado el tiempo, qué coincidencia: hay migrantes en el pueblo. No se sabe cuándo llegarán, o si llegarán, sólo un día, de pronto, como hacen los perros, el tren se detiene, se sacude y los migrantes parecen caer de él. Una peregrinación paralela, en dirección contraria. A pesar que están sucios (ambos grupos de peregrinos), que están lejos de casa, que persiguen algo en lo que creen —aunque no lo hayan visto—parecen no ser lo mismo, y la gente lo sabe: para ellos no habrá hospitalidad, hoy no. No puedo abrir, no sea algún tunante, cantan los niños en diciembre, y cuando son adultos lo cantan siempre, a todas horas, sin darse cuenta: no abren las puertas, ni nada.
En un crucero, cerca de un salón de fiestas —en ese mismo crucero, hace un par de meses, el tren arrastró un auto— una pareja de jóvenes morenos, extranjeros, de mirada hundida, piden dinero con la gorra de él, mientras ella carga un bebé. Se parece a una historia como las que me contaban en el catecismo, en la iglesia donde, cada año, los peregrinos dormían; pero no quiero pensar en esa historia.