
En México, la fe católica tiene tantos adeptos que las fiestas guadalupanas son motivo de alegría en pueblos enteros. Y como en todas las religiones, hay quienes deciden dedicar su vida completa a profesar sus creencias. Ingresan a claustros y presentan sus votos ante la iglesia, se convierten en líderes espirituales. Indudablemente, asumir tal papel requiere de una convicción interna extraordinaria.
Pero el hecho de ingresar a los monasterios con tanta seguridad no garantiza que ésta se mantendrá de por vida. Los religiosos se enfrentan una y otra vez a situaciones que ponen a prueba su fe. Ese fue el caso del abad belga Gregorio Lemercier, quien ante una crisis de fe optó por aplicar el psicoanálisis en su monasterio, ubicado en Cuernavaca, Morelos.
El camino de Lemercier
Gregorio Lemercier nació en Lieja, Bélgica, el primero de diciembre de 1912. Se ordenó como monje benedictino a los 16 años. Permaneció en la abadía de Mont César entre 1932 y 1939, donde conocería al monje mexicano Ignacio Romero Vargas. Su amistad los llevaría a idear la construcción de un monasterio en México, y el proyecto fue aprobado en su abadía.
Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial cambiaría el rumbo de sus planes. En 1939, Lemercier fue tomado como prisionero de guerra, y liberado hasta dos años después. Su viejo amigo aún esperaba su salida para irse juntos a América. En ese mismo año arribaron en tierras norteamericanas.
Por razones desconocidas, Lemercier y Romero Vargas rompieron su amistad, y el monje belga llegó hasta la Ciudad de México por su cuenta aún con la ilusión de abrir su propio monasterio. La orden benedictina mexicana le concedió el permiso para iniciar la construcción de dicho monasterio en Cuernavaca, Morelos, a menos de 50km de la capital del país.

La vanguardia de la fe
El monasterio de Santa María de la Resurrección fue fundado en 1950, por el mismo abad que luego pondría el recinto en el ojo de la prensa. Pero incluso antes del escándalo que llegó hasta el Vaticano, el lugar ya era conocido por aplicar reformas litúrgicas poco convencionales y no oficiales.
Uno de los cambios más significativos en el monasterio fue su propia arquitectura. El monje-arquitecto, Gabriel Chávez de la Mora, decidió construir una capilla circular, en la cual se llevarían a cabo las misas del recinto. La idea era innovadora porque proponía que el sacerdote se encontraría en medio de los asistentes y no al frente de ellos.
Una cuestión tan simple como la espacialidad estaba ligada a una de las principales convicciones de Lemercier: el sacerdocio debería de estar entre el pueblo porque pertenece a él, no al frente y dándoles la espalda como si se tratase de alguien superior.
Además, sus misas se celebraban totalmente en español, y no en latín como todavía era tradicional en la época. El abad y los adeptos de su iglesia incentivaban el conocimiento público de las escrituras y sus oraciones, pues consideraban que era una mejor forma de acercarse a dios.

De monasterio a manicomio
A pesar de los esfuerzos del propio abad por mantener la fe dentro del monasterio y de sí mismo, el enclaustramiento significó su prueba más difícil. Los años de encierro de los monjes empezaron a reflejarse en su salud mental. Internos homosexuales sentían una enorme culpa por tener una naturaleza recriminada por su iglesia. Las palabras más comunes en la casa de dios eran arrepentimiento y pecado, y parecían ligadas a los actos humanos más cotidianos a la tierra.
Pronto, el abad y los monjes comenzaron a decaer en fe y cordura, aquel monasterio parecía un manicomio antes de saber que de verdad se convertiría en uno de los primeros en el país. Fue en ese entonces que Lemercier escuchó acerca del psicoanálisis, una disciplina de introspección laica que prometía devolverles –o al menos eso esperaba el abad- la paz en el monasterio.
Los nuevos huéspedes
En 1961, los psicoanalistas y fundadores de la Asociación Psicoanalítica Mexicana, Frida Zmud y Gustavo Quevedo, llegaron a hospedarse en el monasterio de Santa María de la Resurrección con el encargo de aplicar sus conocimientos con los monjes. El mismo Lemercier fue en su búsqueda para exponerles sus razones, y el par de estudiosos lo vieron como el escenario ideal para la terapia. El proyecto contaba con el respaldo del primado de los benedictinos, orden a la que pertenecía el monasterio.
La experiencia del psicoanálisis se veía prometedora. Con ella se buscaba ayudar a los monjes a expiar sus culpas más allá de la confesión, así como a entender mejor su sexualidad y su vocación religiosa. Pero los resultados fueron un tanto diferentes, especialmente para Gregorio Lemercier.
La terapia le revelaría sus propios demonios y un creciente cuestionamiento sobre la existencia de dios y la práctica de su fe. En cuanto a los monjes, también se encontraban en medio de una creciente crisis de su fe, pero se mantenían en el monasterio, quizá un poco por fidelidad a su abad, y otro tanto por el miedo a su propia incertidumbre.

Escándalo internacional
Pronto la noticia saldría de las paredes del monasterio, de las fronteras del país y llegaría hasta los oídos del Santo Oficio. Sin siquiera dar oportunidad de que Lemercier y los benedictinos expusieran las razones de su proyecto, el Vaticano dio la orden de detener el ejercicio del psicoanálisis en el monasterio, y llamaron a Lemercier a juicio.
Los medios de la época llegaron como abejas al panal atraídos por la gran noticia: un abad católico había sido acusado de herejía por haber convertido su monasterio en un manicomio. La sentencia del Vaticano para Lemercier era simple y menos severa de lo que se esperaba: abandonar el ejercicio del psicoanálisis tanto dentro como fuera del monasterio.
Pero el abad ya había pasado el suficiente tiempo en terapia para decidir abandonar el sacerdocio el 12 de junio de 1967. Lemercier declaró que monasterios como ese, en el que los monjes se aíslan por completo de la sociedad, no deberían existir. Expresó que ideas como la renuncia a la familia y el matrimonio por amor a dios eran prácticas absurdas y crueles. Lemercier salió de juicio con la certeza de que dios estaba en todas partes, menos en “la casa del señor”.
Cambios en la fe
Ante la renuncia de su abad, los monjes del monasterio también colgaron sus túnicas y siguieron a su líder. Cambiaron la hostia por la terapia y se dedicaron a predicar su nueva fe: el psicoanálisis. El caso continúa siendo objeto de estudio para historiadores, sociólogos y psicoanalíticos. La iglesia seguramente prefirió dejar el caso en el olvido.
El doctor en sociología, Gustavo Fernández, asegura que lo que pasó con Lemencier no fue más que un caso de incomprensión a sus ideas, adelantadas a su época, pero no alejadas de su fe. “Lemercier va a hablar de curas casados, del condón, de muchas cosas. Es un tipo que dice ‘la Iglesia no le teme a Freud, le tema a la sexualidad. Va a decir cosas muy fuertes (…) que ya le están tronando (dando problemas) a la Iglesia porque prefirió la política del avestruz y decir ‘no veo, no existe’” (González cit. La Vanguardia).
Espiritualidad y salud mental
Hoy, a más de 50 años del experimento, el psicoanálisis y la salud mental continúan siendo temas escandalosos para muchos. La noción de pecado no es exclusiva de monjes y sacerdotes, pues la cultura occidental está profundamente arraigada a esta concepción cristiana. México es un claro ejemplo de eso.
Sin embargo, vemos cada vez con más frecuencia que las personas reciben la terapia psicológica (en sus distintas ramas) con mayor convicción, así como un ejercicio de su espiritualidad al margen de la religiosidad forzada.
Lemercier falleció en la Ciudad de México en 1987, pero abrió en nuestro país una de las primeras oportunidades de acceso a la salud mental. Puso sobre la mesa la importancia de observar a las personas de manera integral, y lo innecesario que es someterse ante dios por “amor” a él. El caso del monasterio de Cuernavaca nos recuerda nuestra libertad para buscar paz fuera de la iglesia. Llámese esta como pareja, familia, amigos, trabajo, o cualquier lugar que nos haga sentir enclaustrados.
Jovana Hernández – @plumas.de.ganzo