Hipocondriacos mentales y la industria de la terapia

Dicen que mi generación es hiperdepresiva y yo les creo. Tengo más conocidos con depresión que amigos, y seguramente yo entro en esa misma cuenta para otras personas. Nos dicen la generación de cristal y, aunque a la mayoría les incomoda el término, yo creo que nos sienta bien; la mayoría nos admitimos frágiles, sino es que rotos. La vida nos parece insoportable y nos demostramos urgentes de ayuda a cada momento.
Pero a este malestar yo le agregaría otro: la hipocondría mental. Esa que te da cuando no te da nada. La que te da cuando entras a Tik Tok y todo lo que el algoritmo te arroja son pseudopsicólogos soltando diagnósticos rápidos –más similares a los horóscopos que a la terapia– que probablemente te vas a adjudicar. Por todo queremos ir a terapia, n e c e s i t a m o s hacerlo. Pero nuestro acceso a ella es limitado y para compensarlo usamos lo que tenemos a la mano tratando de mantenernos vivos.

Analgésicos mentales
La salud mental es un privilegio, y ante la necesidad nos vemos obligados a crear soluciones creativas. Un café con las amigas, una charla banquetera con un desconocido, un live en Instagram buscando apoyo de alguien, de quien sea. Así de desesperados nos encontramos.
El lado de la pantalla determina qué lugar en el consultorio decidimos ocupar, si el del paciente o el del terapeuta. Cuando no eres el protagonista del problema, te conectas a la sesión del día, un poco por morbo, otro poco por ayudar. Ese intento de terapia funciona como un espejo: proponemos consejos que nos gustaría recibir, pero que no tenemos idea de cómo aplicar.
De más está decir que estas sesiones rápidas no funcionan como desearíamos, no son más que una breve ilusión de acompañamiento. Desahogarnos en vivo frente a conocidos y desconocidos por igual es un analgésico mental, pero no el remedio. La soledad nos golpea de nuevo cuando apagamos la videollamada y a nuestro alrededor no hay nada.
Pero no somos los primeros ni los últimos en buscar alternativas a nuestras dolencias; nuestra diferencia solo está en admitirlas en voz alta.
Estragos de guerra
Hace sesenta años, cuando Instagram no cabía en la imaginación de nadie, la Guerra de Vietnam estaba terminando. Los entonces veteranos de guerra volvían a sus casas y tenían que reincorporarse a una vida que creían perdida. Sin embargo, ni la suma de buenas intenciones, ni el amor de una familia –si es que la tenían– eran suficientes para acallar sus remordimientos nocturnos. Hombres que se sabían asesinos y no héroes luchaban a cada minuto para invertir ese pensamiento.
Ante la necesidad de regresarles la tranquilidad a sus ex soldados, los gringos vieron la oportunidad de aplicar una estrategia de terapia que ya se estaba gestando desde principios de siglo: la terapia de grupo. Se trataba de una alternativa proveniente de la corriente freudiana. Esta ofrecía los resultados esperados de manera económica y rápida, tal como a ellos les gusta y necesitaban que fuera.
A pesar de que en la época la salud mental no tenía la relevancia que tiene ahora, la psicoterapia ya se perfilaba como un área de estudio relevante en Occidente. La terapia de grupo ofrece el acompañamiento que el paciente necesita, un espacio de confort y de catarsis que permitiría superar el trauma colectivo. De pronto este tipo de terapia apareció como la solución ideal para recuperar su principal fuerza de trabajo y regresar a las mujeres a casa.
Grupos de entre diez a veinte veteranos de guerra se juntaban en un saloncito a contar sus problemas, a tratar de sanar su memoria, moderados por un psicólogo llamado padrino. Se les trataba de decir que no estaban solos, y que sus traumas solo existían en la memoria. La cosa es que en un mundo mega industrializado como lo era y sigue siendo EEUU, todo lo que vale es el presente, y no hay espacio para el recuerdo.

Una orden de salud mental con todo, porfa
Cuando el enemigo dejó de ser militar, los gringos buscaron otra cosa con la cuál pelearse. Ya decía George Orwell que la paz es la excepción, no la regla. Drogas, alcohol, sobrepeso, o cualquier cosa que pudiera llevar el nombre de extrajero en la frente era el enemigo ideal. Cada día hallaban un nuevo pretexto para reusar y reinventar la terapia de grupo, la cura de la posguerra.
Alcohólicos Anónimos, Sexoadictos Anónimos, Obesos Anónimos, y toda clase de grupos con enfermedades comunes, eran grupos que existían desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que adquirieron su popularidad hasta la Guerra Fría.
La autoconciencia de nuestras trastornos mentales fue creciendo a la par de la popularización de la psicoterapia y el concepto de salud mental. Pero eso no significaba que todos los que conocieran el concepto tendrían acceso a la terapia. Cuando los grupos de apoyo dejaron de ser suficientes, cuando los malestares se volvieron cada vez más colectivos, empezamos a buscar alternativas que calmaran provisional y rápidamente nuestros malestares. Para finales del siglo XX y principios de este, hallamos la respuesta en las pantallas.
Enfermedades hereditarias
Nuestros padres y abuelos no cargaban con una pantalla en el bolsillo, pero la tenían sobre el ropero de sus cuartos desde hace al menos treinta años. Programas como el de Oprah se empezaron a encargar de dar una especie de terapia de grupo televisada, presentando entrevistas conmovedoras a personas específicas que despertaban la conmoción y los instintos de terapeuta de los espectadores.
Y nosotros, latinoamericanos, sus vecinos más cercanos y con dolencias más variadas que las del primer mundo, vimos en esto la oportunidad de parchar nuestros propios traumas colectivos. Entre finales de los 90 y principios de los 2000, llegaron a nuestras pantallas programas como Laura en América, la Rosa de Guadalupe, y Mujer: casos de la vida real. Programas de televisión abierta conservadores y con claros tintes religiosos que ficcionalizan nuestros problemas o los ejemplifican con alguien ajeno a nosotros. La industria encontró la manera de meternos el seudoconsuelo hasta en la sopa, pero sin lograr aliviar nuestros verdaderos traumas y desesperanza.
No te quejes tanto
Al igual que como pasa hoy con los lives de internet, dichos programas fungen como un espejo en el que, a falta de la sección de comentarios, familias, amigos y vecinos se reunían a ver el espectáculo y darse unos a otros los consejos que tanto necesitaban. A falta de un terapeuta real, el espectador asume ese papel y lo pelotea con el del paciente, encontrando alivio en la presunción de que hay alguien en el mundo pasándola peor que él.
Tan solo la Rosa de Guadalupe cuenta hoy con más de 1700 capítulos y es transmitida en 23 países de todo el mundo de manera ininterrumpida desde su estreno en el 2008. La serie trata de abarcar un vasto catálogo de problemas cotidianos que aquejan a Latinoamérica, enganchando a nuestras madres y abuelas, quienes aprovechan cada ejemplo para advertirnos de los riesgos de la vida y de los castigos de dios. Algunos de sus temas preferidos son la prostitución, drogas, narcotráfico, violencia intrafamiliar y bullying.
No es simple coincidencia que esta clase de programas lleven tanto tiempo al aire y que acaparen un público tan inmenso y variado. El efecto placebo del espectáculo vuelve nuestra vida aparentemente más llevadera. Llegar cansado del trabajo y prender la televisión para distraernos con problemas que no son nuestros hace la vida menos dolorosa.
Resistencia al medicamento
Pero como suele pasar con los analgésicos, cuando los consumes por un tiempo prolongado, dejan de hacer efecto. La generación –mi generación– que creció consumiendo estos programas, creamos una resistencia a sus efectos. Entonces nos vimos obligados a buscar otros re-medios que nos ayudaran a soportar nuestra realidad.
El sustituto llegó sin envoltura y de manera digital. Desde hace diez años trabajamos en la creación de un nuevo sedante, más fuerte, constante y “personalizado” que los anteriores; portátil como nuestros celulares. Alguien prendió una cámara y decidió evidenciar sus síntomas, decir a viva voz que Laura en América ya no estaba siendo suficiente.
Sin darnos cuenta de cómo, las cámaras estaban cada vez en lugares más íntimos. La pantalla ya no está solo en la sala o en el comedor, sino que también está debajo de nuestras almohadas en caso de que queramos compartir un sueño o pesadilla de media noche.

Aumento de dosis
Entre más fuerte es la dosis también es más grande la sensación de que los problemas no se acaban. Y por si fuera poco, el refuerzo intermitente de nuestras nuevas drogas (llámese Tik Tok, Instagram, Twitter o su analgésico de preferencia) nos arroja el mensaje constante de que no estamos ni estaremos bien.
La farmaceútica mental parece evolucionar en dos líneas contrarias: por un lado es la promesa del alivio al dolor, pero por el otro procura no desaparecerlo para garantizar nuestro eterno consumo. En cuanto detecta el menor indicio de progreso, los efectos secundarios del medicamento te regresan al hoyo con un nuevo padecimiento. Borra los verdaderos matices de un proceso de terapia y te afirma que nunca más vas a volver a sentirte bien. Y nosotros les creemos.
Soluciones a un dolor permanente
De manera histórica estamos viviendo el momento en que más se habla de salud mental, pero de ahí a que tengamos acceso real a ella hay un océano de por medio. Mostrar nuestro genuino interés sobre el tema no basta para atenderlo como es debido, y el acelerado sistema capitalista nos nubla la vista hasta hacernos creer que no tenemos tiempo para buscar o crear soluciones efectivas.
En cambio, usamos los medios que tenemos a la mano para simular la terapia que necesitamos, un poco de consuelo y contención ante la incertidumbre que cada día es más latente. Nos encontramos desesperados por convertir el analgésico en antibiótico, y a pasos torpes creo que lo estamos logrando. Al final de todo, estamos empezando a mirar al otro y con eso a nosotros mismos. Nos estamos tendiendo la mano, nos estamos esforzando por dejar de sentirnos solos.
Si hay algo seguro es que nuestros teléfonos ya son una extensión de nosotros, de la que no queremos deshacernos, y ni siquiera lo vamos a intentar. Ante esa única certeza, lo más que podemos hacer es darle la vuelta al algoritmo, acompañarnos, aunque eso signifique permanecer de lado a lado en la pantalla. Solo hay que mantenernos alertas de los peligros ya conocidos, ser autoconscientes y cuidadosos de nuestra propia hipocondría mental.
Jovana Hernández – @plumas.de.ganso