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Bas Jan Ader: en busca de lo milagroso

Bas Jan Ader

En 1975, el artista neerlandés Bas Jan Ader se embarcó en una navegación ambiciosa que le quitaría la vida. La navegación formaba parte de uno de sus proyectos conceptuales titulado En busca de lo milagroso y tenía por objetivo cruzar el Atlántico en un bote de menos de 4 metros de largo llamado Ocean Wave. Sin embargo, más allá de encontrar la sublimidad esperada, Ader se topó con su perdición. Desafortunadamente, el bote del neerlandés fue encontrado flotando en una costa de Irlanda nueve meses después. Él, por otro lado, no volvería a ser visto.  

Aunque algunas personas afirman que su desaparición formó parte de su proyecto conceptual, lo cierto es que la verdadera razón de su aventura continúa eludiendo a los críticos y los fanáticos de su arte. Hoy en día, sin embargo, resulta inevitable preguntarse si Ader habrá encontrado ese inefable milagro que lo empujó a emprender un viaje que no permitió el regreso a casa.

Un artista propenso a la escenificación

Bas Jan Ader nació en Winschoten, Holanda en 1942. Fue hijo de Johanna Ader-Appels y de Bastian Jan Ader. Su padre fue ministro cristiano y fue asesinado por los Nazis en 1944 por ocultar a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, la vida académica de Ader fue menos que ejemplar, pues llegó a reprobar tanto la preparatoria como la academia de arte Rietveld en Amsterdam. Se trataba, al final de todo, de un individuo que tendía a la escenificación más que a la educación. 

Tal vez fueron esos fracasos académicos los que llevaron a Ader a explorar ideas tan peculiares. Sus constantes caídas fueron, para él, una fuente de inspiración, introspección y creatividad. La producción artística del neerlandés – desde I´m too sad to tell you hasta En busca de lo milagroso – parece reconocer la imposibilidad de salir ileso del caos que define a la vida.

Sin embargo, las lecciones que aprendió durante su adolescencia en Holanda solo germinaron hasta que se trasladó a Estados Unidos. A los diecinueve años, así pues, Ader se subió por primera vez a un barco y emigró hasta California. Ya en tierras norteamericanas, Ader ingresa a Otis College para seguir trabajando en su arte y termina conociendo a Mary Sue Andersen, con quien se casaría en Las Vegas después de graduarse de la universidad en 1965

Ahora bien, al parecer esa primera embarcación dejaría una huella imborrable en Ader. Ahí en medio del mar, el neerlandés reconoció su impulso por la escapada y su gusto por la adversidad que implica enfrentarse al mar abierto. Lo curioso es que Ader se acerca a esta idea con romanticismo pero – sobre todo – con cierta ironía. Es decir, algo busca el neerlandés a través de su arte, pero no siempre sabe explicarlo. Sin embargo, lo curioso es que esa disonancia es lo que más resalta dentro de su trabajo conceptual.

Conceptualizando la futilidad 

Bas Jan Ader fue un enigma incluso para la gente más cercana a él. Es más, mucho de su arte discute sobre la imposibilidad de expresar o incluso representar concretamente los sentimientos y los pensamientos que invaden al humano común y corriente. Su trabajo como artista conceptual caminaba, precisamente, por esa línea: sus obras ponían un énfasis constante en la inefabilidad de la vida. Sus performances, así pues, se distinguían por representar acciones que apuntaban a “perder el control” de una u otra forma. 

Su cortometraje I´m too sad to tell you, por ejemplo, quiere expresar precisamente esa disyuntiva. En ese performance Ader llora frente a la cámara no solo por su sensibilidad, sino también porque le afecta de sobremanera no poder describir aquello que está provocando la caída de sus lágrimas. La obra en sí puede ser interpretada al frente y al revés: el llanto que comienza en el sentimiento solo acrecienta ante la imposibilidad de expresar su razón de ser. En este pequeño video, así pues, se nos muestra a un Ader perdiendo tanto el control de sus sentimientos como su capacidad para expresarlos

Por otro lado, otra de sus obras más reconocidas es el cortometraje Fall. En él se observa a Ader dejándose llevar por la gravedad desde tres sitios distintos. Una de las caídas, por ejemplo, lo muestra rodando por el techo de su casa hasta desaparecer entre las plantas de su entrada. Otra, por otro lado, lo muestra cayendo de la rama de un árbol hasta un río que yace debajo. En ambas ocasiones, Ader se enfrenta a dos circunstancias donde la caída es inevitable, donde el control sobre la vida se vislumbra imposible. Estos videos se impregnan de un elemento tanto patético como tragicómico que parecen enfatizar con ironía la futilidad de nuestros impulsos por controlar la vida.

En busca de un milagro

En cierto sentido, Ader quería expresar lo inefable y vislumbrar lo inhallable. Sus obras conceptuales, sus performances y sus cortometrajes reflejaban un impulso por asir la futilidad de la vida. Si bien la ironía conceptual que distinguió a su trabajo lo llevó a hacer grandes obras, ésta también lo condujo hasta la orilla más peligrosa del mundo.

En su última obra – titulada En busca de lo milagrosoAder se enfrenta a su soledad de forma curiosa e incluso autodestructiva. Ahora bien, la primera parte de la obra consta de una serie de 18 fotografías que muestran a Ader caminando por Los Ángeles. En cada una de esas fotografías Ader sale retratado de espaldas, trasladándose por la ciudad en busca de algo o alguien que le permita comprender su naufragio citadino. El claroscuro de las imágenes y la soledad que rodea a Ader en las fotografías parecen aludir a un romanticismo desesperanzado que siempre palpitó con fuerza en sus obras. 

Sin embargo, en la segunda parte de En busca de lo milagroso Ader parece llevar su objetivo hasta el límite. Para su último performance, el artista neerlandés continúa en busca de ese milagro, pero ya no lo busca entre las calles de Los Ángeles sino más bien en la inmensidad del mar. Ese impulso por la navegación, el naufragio y la escapada conduce a Ader a embarcar un viaje en 1975 del cual, desafortunadamente, nunca regresaría.

Aunque algunas personas afirman que su desaparición marítima formó parte de su obra conceptual, otros críticos de arte apuntan a que Ader quería suicidarse. Ahora bien, aunque Ader haya muerto en el trayecto, me gusta pensar que logró encontrar aquello que tanto buscó a lo largo de su vida. Sin embargo, me entristece saber que nunca tuvo la oportunidad de regresar para contarnos lo que atestiguó en medio del océano. Hoy en día, a pesar de su misteriosa desaparición, las obras de Ader nos enseñan a aceptar que hay cosas en la vida que van más allá de nuestro control: sea la caída, la soledad, el fracaso o incluso la muerte. Su arte conceptual reconoce que el descenso, al final del día, es inevitable.


Tomás Lujambio / @tlujambiot