TODO MENOS MIEDO

EN VIVO

EN VIVO

La bondad es resistencia: el subcampo de Wobbelin

Luciano Allende cargando a un compañero prisionero

El 2 de Mayo de 1945, la unidad de liberación aliada denominada División Aérea 82 invadió Wobbelin, un subcampo adherido al campo de concentración de Neuengamme. Dicha división militar -también conocida como “All Americans”- fue una de las 36 unidades de liberación puestas en juego durante la Segunda Guerra Mundial por parte de los Aliados. ¿Su misión? Aterrizar en el Norte de África en 1943 y liderar la invasión aliada desde Italia con el fin de detener la expansión nazi por Europa. 

El objetivo no era sencillo, pero a pesar de ello terminó siendo exitoso. Su traslado militar por Italia tomó alrededor de un año hasta que fue dirigida a Normandía para brindar apoyo en el famoso D-Day. Más adelante siguieron el camino hasta Holanda y, por último, dirigieron la ofensiva militar en territorio alemán. Para cuando cruzaron Alemania en 1945, la guerra estaba muy cerca de terminar; sin embargo, las atrocidades a las cuales tenía que enfrentarse la unidad de liberación estadounidense apenas se vislumbraban en el horizonte.

La invasión y el rescate

La invasión llevada a cabo por la División Aérea 82 los terminó por conducir hasta las puertas de Wobbelin. Dicho subcampo llegó a retener a más de cinco mil prisioneros en pésimas condiciones: más de mil muertos enfilados y amontonados a plena luz del día, miles de prisioneros al borde de la hambruna y un centenar de enfermos que necesitaban de un trato médico inmediato. La falta de agua y comida era tan grande que muchos de los prisioneros habían recurrido al canibalismo para mantenerse con vida. A pesar de que este subcampo no contaba con cámaras de gas o centros de cremación, los prisioneros eran maltratados con malicia y privados de lo básico para su sobrevivencia.

Tomemos, por ejemplo, la imagen anterior. Dicha foto fue tomada dentro del subcampo de Wobbelin por uno de los integrantes de la División Aérea que adquirió control sobre él. Ahora bien, mientras que la mayoría de las fotografías dentro de Wobbelin se retrataron las condiciones del campo de concentración, ésta, en particular, se distingue por enfocarse en los prisioneros que salieron con vida.

Uno de ellos -como se puede ver- sostiene a un compatriota incapaz de mantenerse de pie; asimismo, tenemos a un prisionero sentado que nos deja ver la flacura de sus piernas y la negrura de sus manos. Estos personajes -retratados por un soldado estadounidense- representan, con cruda exactitud, la explotación y violencia a la que fueron sometidos miles de judíos durante el Holocausto. Las manos negras, por ejemplo, demuestran la explotación laboral a la que se les obligaba y la palidez de sus rostros evidencian la inanición por la que pasaban. Pero, ¿qué podríamos decir sobre el prisionero que está cargando a su compañero y que engendró la bondad en medio de un contexto tan violento

La vida de Luciano Allende

Sorprendentemente, distintos archivos históricos y testimonios nos han dado la oportunidad de identificar al retratado: su nombre es Luciano Allende. Allende nació en Cantabria, tuvo una infancia complicada y a los 15 años emigró a Lyon para laborar como vidriero. Durante la década de 1920, Allende fue un feroz partícipe de los grupos anarquistas exiliados en Francia. Sin embargo, tras el golpe fascista liderado por Franco, que suscitó la Guerra Civil Española en 1936, decide regresar a España. Tras su regreso, decide enrolarse en el Ejército Popular y batallar contra la dictadura franquista

En 1939, Allende se exilia en Francia y participa en varias unidades de resistencia militar antes de ser detenido por la Gestapo en 1944. En cierto sentido, Allende fue víctima de la colaboración que se dio entre Franco y Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Su vida fue prueba de que cualquier disidencia en contra de estos dos tiranos era tratada con castigo, control y, sobre todo, violencia. 

Ahora bien, me parece sorprendente que a pesar de todo lo vivido (el exilio, la guerra y el encarcelamiento) Luciano Allende hubiera tenido la fuerza y la voluntad suficiente como para cargar a uno de sus compañeros tras su liberación. La fotografía retrata la resistencia del espíritu humano y eterniza la camaradería que tanto distinguió la vida del cántabro. Es importante reconocer que su lucha por la justicia fue llevada a cabo incluso en la circunstancia más desfavorable y el estado más infame de todos.

Un funeral en masa

No es para nada sorprendente que tras la liberación del subcampo de Wobbelin, la primera orden del ejército estadounidense consistiera en sepultar dignamente a todos los muertos que habían sido arrumbados en el suelo con indiferencia. Ante semejante situación, el 7 de mayo de 1945, se condujo un servicio funerario para más de 200 víctimas del Holocausto, al cual asistieron ciudadanos de Ludwigslust (un poblado cercano a Wobbelin), varias tropas aliadas y unos cuantos oficiales alemanes que habían sido capturados. En el funeral, uno de los soldados de la División Aérea 82 se dirigió a la ciudadanía de Ludwigslust para transmitir el siguiente mensaje desolador: 

A cuatro millas de vuestros cómodos hogares, 4.000 hombres fueron obligados a vivir como animales, privados incluso de la comida que vosotros daríais a vuestros perros (…) Estos 200 que yacen ante nosotros en estas tumbas fueron encontrados apilados unos sobre otros a cuatro y cinco pies de alto en un edificio y acostados con los enfermos y moribundos de otros edificios. 

Entre los 44.000 campos de concentración que llegaron a edificarse durante la Segunda Guerra Mundial, el subcampo de Wobbelin se distinguió por fungir como último recurso para las tropas alemanas. Es decir, este campo fue utilizado para trasladar tanto a prisioneros judíos como a prisioneros rusos para evitar que fueran liberados por los Aliados. Al parecer, como la guerra estaba cerca de terminar, los soldados alemanes ni siquiera se daban la tarea de matar a sus enemigos, sino que dejaban que el hambre, la debilidad y la sed hicieran su trabajo. Es más, para cuando la División Aérea 82 arribó al subcampo de Wobbelin, los soldados alemanes estaban escapando por sus vidas tras el suicidio cometido por Adolf Hitler el 30 de abril de 1945

Testimonios emocionales

Muchos de los soldados que integraron la División Aérea 82 han salido tras los años a dar sus testimonios en torno a los campos de concentración alemanes. Muchos de ellos afirman que nunca olvidarán lo que vieron, otros no tienen la fuerza -ni la resistencia emocional- para recordarlo. Sin embargo, uno de ellos dio su testimonio y denunció que al entrar al cuarto donde tenían encerrados a los prisioneros, muchos de ellos no tenían la fuerza ni la voluntad para ponerse de pie. 

En los campos de concentración nazis no solo el cuerpo de los prisioneros fue violentado, sino también el espíritu. Esta fotografía -y los rostros que quedaron retratados en ella- lo demuestra con suma crudeza. Sin embargo, hay un espíritu ahí fotografiado que nunca dejó vencerse: el del cántabro Luciano Allende. En sus últimos años de vida, Allende militó en la Federación Española de los Deportados e Internados Políticos. Aunque el exiliado español haya muerto el 23 de enero de 1983, su historia persiste inmortalizada en los negativos de esta potente fotografía

Documentar la vida sobre la muerte

Ahora bien, resulta curioso que el soldado responsable de haber tomado esta fotografía haya decidido inmortalizar el gesto bondadoso de Luciano Allende. En sí, la labor fotográfica de dicho soldado tenía el objetivo de documentar las atrocidades llevadas a cabo en los campos de concentración, pero no a los prisioneros que habían sobrevivido del mismo. Sin embargo, entre todas esas fotografías, ésta de Luciano Allende es la más memorable de todas: no solo por su valor documental, sino por el gesto bondadoso que logró retratar. Entre todas esas fotografías, ésta es de las pocas (si no la única) que documentó la vida en lugar de la muerte, que retrató a los cuerpos violentados en vez del campo que ejerció crueldad sobre ellos. 

Tal vez por eso mismo se recuerda más a Luciano Allende que al subcampo de Wobbelin en sí. Porque estamos más dispuestos a inmortalizar la vida y la esperanza sobre la muerte y la violencia. En medio del desastre, el caos y la vileza, este soldado estadounidense tuvo el valor suficiente para girar el lente de su cámara hacia la esperanza y no hacia la desgracia, tuvo el corazón de documentar un rayo de luz entre un océano de tinieblas. Después de todo, el gesto que logró retratar es más grande que la prisión en la que aconteció y más perdurable que los muros que la sostuvieron hace más de 75 años


Tomás Lujambio @tlujambiot

Hutchence, Yates y Geldof: un triángulo amoroso mortal