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#BallenasBlancas. Masha Ivashintsova, fotógrafa sin recuerdos

Veo en Instagram la cuenta de Masha Ivashintsova. Sé que murió joven, a los 58, en brazos de su hija. La mató un cáncer, una enfermedad que puede ser obvia, lógica, fulminante o secreta. A mi parecer, cada enfermedad se esfuerza por revelar una historia. Son más las ocasiones que en no alcanzamos a escucharla. Por fortuna, la historia tiene sus formas de hacerse presente. En este caso, el cuerpo de Masha se centró por completo en su mirada y fue revelada, literalmente, 17 años después, cuando su hija encontró un montón de cajas en el ático de su casa que contenían un tesoro: 30 mil negativos. Fotografías tomadas por Masha Ivashintsova a lo largo de 40 años, la mayoría nunca reveladas.

Masha Ivashintsova, 1978

Masha Ivashintsova nació en Ekaterimburgo en 1942, en la Rusia de los Zares. Animada por su abuela estudió ballet, con ánimos de ser bailarina profesional. Con la muerte de su abuela, los padres de Masha la sacaron de las clases de danza y la metieron a una escuela técnica. Eran aristócratas, así que, con la Revolución Bolchevique, todos sus bienes y propiedades fueron confiscados por las autoridades. Con sus aspiraciones artísticas truncadas, pasó por trabajos muy diversos, como crítica teatral, bibliotecaria, ingeniera en diseño, mecánica de ascensores y guardia de seguridad.

Talento negado

Masha se enamoró. Profundamente. Perdidamente. Tres veces. Sus amores fueron el poeta Viktor Krivulin, el fotógrafo Boris Smelor –quien a pesar de vivir casi en la pobreza, había ahorrado lo suficiente para comprarse una cámara Leica, que terminó obsequiando a Masha– y el lingüista Melvar Melkumyan, padre de su hija, Asya. Los tres hombres, talentosos y reconocidos, fueron relaciones amorosas turbulentas. Los consideraba superiores a ella y se conformaba con la dicha de su presencia, sintiendo que sus propios talentos palidecían en comparación.

Masha Ivashintsova, 1985

Nunca mostró sus fotografías, ni siquiera a su familia. Tampoco habló de sus diarios o su poesía. Tomaba fotos todos los días, era parte fundamental de su cotidianeidad. Las imágenes tienen un gran valor documental, al mismo tiempo que ofrecen entrada a la vida interna de Masha.

Me detengo en lo que escribo para mirar sus fotografías en la computadora. Hay algo excepcional, difícil de puntualizar con justicia. Pienso de nuevo en la mirada de Masha Ivashintsova, más allá de la vista o de la colección de experiencias en imágenes. La mirada como una voz; algo que Masha dice sin hablarle a nadie. Es extraño, entre más imágenes y fotografías veo, menos logro escuchar voces así. A veces siento una suerte de desamparo colectivo en nuestro ruido visual, como si necesitáramos producir imágenes para respirar. Tenemos miradas ahogadas.

Masha Ivashintsova, 1979

Masha Ivashintsova aprovechó cada oportunidad que tuvo para viajar. En una carta que envió a su hija desde Vologda en 1979, escribió:

En Vologda hay mucha de la vieja Rusia de madera (casas de madera, contraventanas talladas). Todo esto está arraigado en el pasado, pero también se está convirtiendo en parte del pasado. Es imposible guardarlo de cara al futuro, así que al menos estoy intentando captarlo con mi cámara.

El desasosiego

El desamor y la sensación de no valer por su propio talento, el no tener ojos que le regresaran la mirada, la llevaron a una profunda depresión que, en 1981, le impidió seguir trabajando. Estar desempleado en la URSS era impensable. Las autoridades le dieron dos opciones a elegir: ir a prisión o ser internada en un centro psiquiátrico. Creo que para elegir la cárcel, fue necesario que tuviera ciertas certezas de quién era y por qué hacía lo que hacía. Masha Ivashintsova eligió el hospital, quizás la opción lógica para las personas que dudan de su lugar. Su hija Asya cuenta al respecto: 

Vivió años de profunda infelicidad en varios hospitales psiquiátricos de la URSS, en penosas condiciones, en la época en la que el régimen soviético buscaba estandarizar a las personas y obligarlas a vivir según las reglas comunistas.

Nunca se adaptó al nuevo régimen. La constante que permaneció en su vida fue el desasosiego. 

Masha Ivashintsova, 1978

Asya y su marido, Egor, se han encargado de la labor de revelar, poco a poco, los negativos que encontraron en su ático. Todavía no llegan ni a la mayoría de ellos. Montaron un sitio web oficial sobre Masha Ivashintsova, redes sociales y recién estrenaron una exhibición física a finales de 2019. 

Sobre sí misma, Masha escribió:

Amé sin memoria; ¿no es acaso un epígrafe para un libro que no existe? Nunca tuve un recuerdo para mí misma, siempre los tuve para otros.


Ana Martínez de Buen – @Anamdb

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