TODO MENOS MIEDO

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El que tenga audífonos, que escuche

Si, como dice Luigi Amara, pasear es meditar con los pies, entonces, escuchar música es pensar con los oídos. La canción enuncia lo que no nos atrevemos a decir; nos permite, a través de su melodía, bajar la guardia y tararear, apenas perceptible, el lenguaje de las emociones. La vulnerabilidad es condición para extraviarnos en nosotros mismos y a conciencia. ¿En busca de qué? Quizá de sosiego, de la inocencia originaria.

Hay quienes aseguran que, cruzando el flujo inagotable de la mente, habremos ascendido ―o regresado― al estado de conciencia último (o primigenio, según se vea): un no ser, pero con vida. El estado vegetal de la iluminación. ¿Qué hacer con todo el tiempo que nos queda, si ya no tenemos cabeza para ansiar algo? Por eso nos contentamos, y saciamos la sed de abandonar nuestra persona, con pequeñas incursiones a la nada. Pero lo que sea que se anhele encontrar, será más ameno si hay música de por medio. Con reproductor como nave, y la brújula de unos buenos audífonos, descendemos la espiral sin fondo. Contrarios a Ulises, que se ató al mástil para resistir el canto de las sirenas, nosotros deshacemos el nudo del coro enmarañado en nuestro bolsillo, para entregarnos. A Ítaca sólo se llega con rodeos.

Puestos los auriculares, la ciudad es un océano sonoro. El soundtrack es el compás que nos ayuda a diseñar esta nueva cartografía, donde proyectamos el acervo interior. El problema es que no hay quién conozca el derrotero. Queremos volver a fuerza de gadgets y artilugios. Comprimimos la sonoridad de la vida en un programa, diseñamos audífonos a modo de prótesis: lo que los anteojos son a la vista, los auriculares son al oído. Aunque lo que buscamos amplificar no está afuera, sino dentro. Negamos la realidad que se nos ofrece y elegimos no formar parte de ella, para aislarnos en nuestras unidades auditivas.

“Date un respiro, abraza el sueño de delinear el mundo a tu imagen y semejanza”, es el credo, el mandato. La iglesia es al gusto. Hay pequeñas ―de chícharo, como se dice―, para pasar desapercibidos en nuestra apatía; o fosforescentes, para navegar en la penumbra. ¿Que si hay grandes y de diadema? Escoge y pruébatelos; corre la roca a la entrada de tu templo con bombo y platillo. “Nadie se meta conmigo, que yo con nadie me meto”, vibra la voz de Nelson Pinedo con la Sonora Matancera. ¡Que todos escuchen el lema de estos usuarios!

La variedad de tamaños y colores responden a la demanda de una experiencia acústica placentera. No olvidemos que el fin somos nosotros mismos. Replegados fuera de lo colectivo, arrojamos armonías a la fogata del yo. En seguida, desprende un aroma medicinal cargado de fobias y fetiches. Inhalamos hasta purgar el cuerpo (de ahí sus beneficios psíquicos).

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Yoguis musicales, los tracks son el mantra polifónico que conjuga el paisaje con la reminiscencia: moldeamos un mundo a base de recuerdos entrañables y nuestras canciones preferidas. No hay imprevistos, nada escapa a nuestro control: sabes perfectamente el orden que debe seguir la playlist; podemos sentirnos seguros de nuevo. Este es el rincón minúsculo que nos queda, y hace las veces de hogar. Aparato eminentemente narcisista, pretende postular que no necesitamos de nadie.

Afuera, cualquiera puede darnos alcance y abordarnos sin importar el lugar ni la hora. Más cómodo es ensimismarse en los descubrimientos semanales cuidadosamente configurados por Spotify, para sólo cerrar los ojos, dar la espalda y relajarse. Los audífonos son, en última instancia, el triunfo de lo privado sobre lo público, del individuo sobre las masas. “Mejor a solas que mal sintonizados”; no es refrán, es supervivencia.

Según Gilles Lipovetsky, vivimos una explosión musical jamás vista. Condenamos la moderación y enaltecemos el frenesí: los límites quedan suspendidos. Por mandato oficial, cancelamos el aburrimiento como medida pública. La privacidad ha de ser adictiva, “como si tuviese necesidad de permanecer fuera, de ser transportado y envuelto en un ambiente sincopado, como si necesitara una desrealización estimulante”, lamenta el filósofo francés la elección de los melomanodependientes. Intolerantes al silencio, dejamos reproducir de fondo un lofi beat corriente para no sentir la obligación de prestar oído, igual que un televisor en comerciales que nadie ve.

Lo que queremos es la pura estática, el golpe de los estímulos cuando llegan al cerebro. Este mix lleva grabado nuestro nombre: te sumerge, cada vez un poco más desquiciado, para descubrirnos auditivamente estériles. De pronto, no escuchamos. Los audífonos, que fueron vendaje contra el ruido, ahora devienen en atrofia. Priorizar una perspectiva y dejar las demás empolvarse, descompone el frágil equilibrio humano (el cual, curiosamente, se halla en el oído). La experiencia sensorial óptima depende de la correcta afinación de los cinco sentidos en la misma tonalidad.

Ya el apóstol Pablo lo advertía a los corintios: “Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde el olfato?” El cuerpo es ejercicio en comunión y cada parte trabaja al unísono. Necesitan descansar para reponer fuerza y volver a la obra. No cabe duda de que los audífonos son un buen sitio para vacacionar en los placeres más indulgentes, pero no para echar raíces: su exceso cae directo al tímpano y genera vértigo, es decir, pérdida del control, naufragio existencial (o, si se prefiere, mareo).

La música tendría que ser respiro para la oreja, no tortura. Es más, no le interesa domesticar canciones. Sabe que pertenecen a esa clase de aves que, tan pronto gorjean, se desvanecen; han de permanecer salvajes. Satisfecho con haber recuperado un poco de aquella curiosidad perdida, memoria de otros tiempos, reconoce que es momento de regresar a casa. Ítaca, igual que la canción, es fugaz y breve.


Eduardo Robles Gómez